miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cuando se "remakean" los remakes



Desde la invención del cinematógrafo hemos visto de todo. Entre otras cosas hemos presenciado cómo se repetían historias y adaptaciones literarias con la intención de repetir éxitos del pasado. Ya a comienzos del sonoro las grandes productoras repetían fórmulas y títulos. Cuando James Whale dirigió en 1931 su Frankenstein, tenía a sus espaldas cuatro versiones no sonoras. Ben Hur (1959)  o Cimarrón (1960) se emprendieron ante la necesidad de repetir el éxito de sus predecesoras de 1925 y 1931 respectivamente. Incluso algunos cineastas repetían producciones suyas años más tarde, como Alfred Hitchcock y sus dos versiones de El hombre que sabía demasiado (The Man who knew too much) de 1934 y 1956 o Cecil B. De MIlle con Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments) rodados en 1923 y 1956. En estos casos, era el afán de perfeccionar obras que sus autores consideraban casi-redondas por darles un empujón en busca de la perfección. No obstante, en la actualidad, la cosa es muy diferente. Día a día nos reafirmamos en el convencimiento de que la ausencia de ideas (o de conocimiento, según se mire) y el miedo al descalabro financiero han llevado a muchos productores norteamericanos al menor fructífero período de su historia. Ellos opinan: "Si ha funcionado una vez, lo volverá a hacer", pues bien, eso han debido pensar algunos lumbreras de la Universal cuando han contratado al guionista David Ayer (Training Day) para escribir un remake de El precio del poder (Scarface, 1983) de Brian de Palma.


Comprendo que las buenas historias pueden contarse una y otra vez, que diferentes generaciones pueden adoptar diferente lectura sobre un mismo tema e incluso que se pretendan aprovechar de los prejuicios (muchos siguen rechazando el Blanco y Negro) y la ignorancia de los más jóvenes (desconocedores de la existencia de estos títulos en el pasado), pero de un tiempo a esta parte sucede algo diferente. Desde hace unos días podemos ver una precuela de la magistral La Cosa (The Thing, 1982) de John Carpenter, aunque todo el que la vaya a ver se tópará a los pocos minutos de proyección con una gran verdad. No se trata de una precuela, ni de una nueva versión del relato original de John Campbell "Who Goes There?", se trata de un remake encubierto de otro remake. El film de Carpenter era una libre adaptación de El enigma del otro mundo (The Thing from Another World, 1951) recuperando elementos del texto original. Su imborrable predecesora estaba dirigida por Christian Nyby y el gran Howard Hawks (sin acreditar e igualmente productor), precisamente el mismo autor de un film de 1932 que narraba el ascenso y caída de un álter ego de Al Capone llamado Tony Camonte, una absoluta obra maestra titulada Scarface.


Me pregunto cuánto material tomarán de Howard Hawks y cuánto de Brian De Palma. Paradójicamente, este último tenía claro cuando dirigió su visión del mítico Caracortada, que intentaría acercarse en todo lo posible a la grandeza de los responsables de la anterior versión, su director y el maestro de la palabra Ben Hetch, a los que precisamente dedicó su film en el mismísimo plano final. Y yo también tengo clara una cosa, que los artífices de la nueva versión, aunque nos presenten el día de su estreno una obra maestra, lo habrán conseguido por suerte, porque su verdadero interés radicaba en el deseo de cobrar un cheque en cuanto hayan puesto en bandeja de plata a quién les contrató una criatura nacida de la desmedida ambición de quién no tiene la menor idea de lo que se puede hacer con una historia original y un buen narrador tras la cámara.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Ken Russell (1927-2011)


De siempre han existido cineastas contestatarios, artistas que despiertan nuestros sentidos a través de rocambolescas historias que ponen patas arriba un mundo que curiosamente adquiere más sentido en esa posición. Uno de ellos acaba de fallecer. Ken Russell era un tipo muy particular, un director que conseguía transmitir más energía en una sola secuencia que algunos presumiblemente modernos en todo su filmografía. Eran muchos los cineastas británicos que envidiaban su contundente estilo visual nada deudor de la complacencia pop de Richard Lester, tan de moda en ese momento.
Mujeres enamoradas (Women in Love, 1969) o Los demonios (The Devils, 1971) dejaron muestra de una sensibilidad y extravagancia (respectivamente) poco habitual en la obra de sus contemporáneos. En mi opinión, uno de los mejores biógrafos de la historia del cine (y de la televisión con sus vibrantes docudramas), minucioso observador que nos acercaba con trazo expresionista al interior de la psique del sujeto tratado. Contó historias de Mahler, Tchaikovsky, Valentino, Liszt o Lord Byron sin el menor miedo a los aspectos preconcebidos que la sociedad tenía de ellos. Incluso desde crío me fascinó un film suyo, El mesías salvaje (Savage Messiah, 1972), una obra inclasificable, irregular y excéntrica que no me permitía quitar la vista del televisor. En ella narraba los últimos años del escultor Henri Gaudier y la compleja relación amorosa que mantuvo con Sophie Brzeska con tanta atención a los sentimientos desatados que se podría escribir una tesis sobre las motivaciones de los enamorados.

Más conocido por sus incursiones en el cine comercial norteamericano como el musical Tommy (1975) o el fantástico Viaje al fondo de la mente (Altered States, 1980), consiguió impresionar a muchos "entendidos" pero el gran público no sabía aún por donde pillar semejantes planteamientos. Y es que ciertamente, su cine de poco convencional y exigente con la complicidad del espectador empezó alcanzando cotas de brillantez como Los Demonios, pero topándose finalmente (en demasiadas ocasiones) con textos suicidas como Puta (Whore, 1991) o La pasión de China Blue (Crimes of Passion, 1984).

A estas alturas, si algo me queda claro es que Ken Russell fue uno de los directores más valientes de su generación. Pocos quedan con esa filosofía. En el actual Hollywood regido por estudios de mercado y la industria británica saturada de decimonónicas adaptaciones literarias solo nos queda despedir al caprichoso Russell con histriónica reverencia y cara de burla, como este nos enseñó, dejando de valorar en exceso algo tan poco serio como este mundo que habitamos.


Ken Russell en IMDB