lunes, 28 de noviembre de 2011

Ken Russell (1927-2011)


De siempre han existido cineastas contestatarios, artistas que despiertan nuestros sentidos a través de rocambolescas historias que ponen patas arriba un mundo que curiosamente adquiere más sentido en esa posición. Uno de ellos acaba de fallecer. Ken Russell era un tipo muy particular, un director que conseguía transmitir más energía en una sola secuencia que algunos presumiblemente modernos en todo su filmografía. Eran muchos los cineastas británicos que envidiaban su contundente estilo visual nada deudor de la complacencia pop de Richard Lester, tan de moda en ese momento.
Mujeres enamoradas (Women in Love, 1969) o Los demonios (The Devils, 1971) dejaron muestra de una sensibilidad y extravagancia (respectivamente) poco habitual en la obra de sus contemporáneos. En mi opinión, uno de los mejores biógrafos de la historia del cine (y de la televisión con sus vibrantes docudramas), minucioso observador que nos acercaba con trazo expresionista al interior de la psique del sujeto tratado. Contó historias de Mahler, Tchaikovsky, Valentino, Liszt o Lord Byron sin el menor miedo a los aspectos preconcebidos que la sociedad tenía de ellos. Incluso desde crío me fascinó un film suyo, El mesías salvaje (Savage Messiah, 1972), una obra inclasificable, irregular y excéntrica que no me permitía quitar la vista del televisor. En ella narraba los últimos años del escultor Henri Gaudier y la compleja relación amorosa que mantuvo con Sophie Brzeska con tanta atención a los sentimientos desatados que se podría escribir una tesis sobre las motivaciones de los enamorados.

Más conocido por sus incursiones en el cine comercial norteamericano como el musical Tommy (1975) o el fantástico Viaje al fondo de la mente (Altered States, 1980), consiguió impresionar a muchos "entendidos" pero el gran público no sabía aún por donde pillar semejantes planteamientos. Y es que ciertamente, su cine de poco convencional y exigente con la complicidad del espectador empezó alcanzando cotas de brillantez como Los Demonios, pero topándose finalmente (en demasiadas ocasiones) con textos suicidas como Puta (Whore, 1991) o La pasión de China Blue (Crimes of Passion, 1984).

A estas alturas, si algo me queda claro es que Ken Russell fue uno de los directores más valientes de su generación. Pocos quedan con esa filosofía. En el actual Hollywood regido por estudios de mercado y la industria británica saturada de decimonónicas adaptaciones literarias solo nos queda despedir al caprichoso Russell con histriónica reverencia y cara de burla, como este nos enseñó, dejando de valorar en exceso algo tan poco serio como este mundo que habitamos.


Ken Russell en IMDB

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