jueves, 29 de diciembre de 2011

El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 1978)




Hubo un tiempo en el que los efectos especiales no dependían de la tecnología digital. En el que las productoras cinematográficas no podían enfrentarse a muchos proyectos ante la imposibilidad de costear su rodaje o postproducción. Pues bien, en ese tiempo pasado fue el productor Saul Zaentz (propietario de los derechos) quién decidió plasmar el fantástico universo de J. R. R. Tolkien en la gran pantalla. La responsabilidad cayó en manos del director de animación Ralph Bakshi, que años antes había dado la campanada con su primer largometraje adaptando al cine las viñetas de Robert Crumb en Fritz the Cat (1972). El proyecto original constaba de dos películas que narraban lo acontecido en la popular saga, pero tras el estreno y viendo el resultado final, se detuvo la producción de la segunda parte. Toda una lástima para los amantes del cine de animación, que por supuesto, supieron apreciar el titánico aunque infructuoso esfuerzo del equipo humano de la película. Los que pudimos verla en aquellos años en los que la almibarada Factoría Disney vivía su peor momento y el género fantástico agonizaba con el desinterés del gran público por las producciones de Harryhausen, disfrutamos de todo un espectáculo, experimental, grandilocuente y cargado de sana ingenuidad.


Muchos desaciertos marcaron la producción. Por una parte, un guión que se enfrentó a la estructura (ya de por sí nada cinematográfica) de las dos primeras novelas, ocupándose de la primera completa y la mitad de la segunda. De este modo, quedaba una narración interesante y cautivadora, pero su orden secuencial se topó con la negativa del espectador acostumbrado a una factura más clásica. Por otra, una gradual desconfianza que alimentó recortes en el rodaje. De ahí que secuencias como la batalla final se vieran notablemente perjudicadas, subordinada a las limitaciones de la técnica del rotoscopio que animaba imágenes previamente filmadas con actores de carne y hueso. Obviamente, esta técnica debía emplarse en producciones con mayor holgura de medios, como las posteriores de su director que si no tenían mas presupuesto, al manos entendieron la seriedad con que debían enfrentarse a esta técnica.


Sin lugar a dudas son razones de peso las que influyeron en el “batacazo” de taquilla. Pero ¿qué hay de sus virtudes? Cuando Peter Jackson calcó años después en su mastodóntica trilogía cinematográfica la primera mitad del film con claras referencias cinéfilas, confirmaba lo que todos sabemos. Que a día de hoy le debe mucho a este film. En la producción de 1978, tanto el inicio como su inicial progresión dramática es espléndida. Esto nos ayuda a comprender la repercusión de la problemática económica, evidenciándose la diferencia entre esta parte y la segunda mitad cuya inesperada austeridad confirma la escasez de medios. Las secuencias de tintes oscuros ponen los pelos de punta, los fondos aún hoy impresionan a los animadores profesionales, la banda sonora del maestro Rosenman sigue figurando entre las más grandes del género y por supuesto, el diseño de los personajes principales es maravilloso. Algunos desaciertos de diseño y producción no empañan el visionado de una película hermosa, divertida y llena de el sano espíritu de un cuento.


Años después, Ralph Bakshi realizó una obra maestra, American Pop (1981) y confirmó lo que todos sabían, que era un "gigante" de la animación. Otros trabajos suyos como Tygra: Hielo y Fuego (1983) nos demostraron lo que pudo haber sido de su díptico cinematográfico sobre Tolkien. Y en la actualidad, la revisitación de este clásico podría sorprender a los amantes de la animación y algún que otro nostálgico. Al menos, le brindarían a su mente cinéfila el lujo de emprender un viaje diferente (en los tiempos que corren), sin esa apabullante espectacularidad que tanto nos embriaga y de la que deberíamos desprendernos de vez en cuando para no perder la visión de conjunto.

martes, 13 de diciembre de 2011

El Guerrero Nº 13 (The 13th Warrior, 1999)



En ocasiones, público y crítica se ponen de acuerdo para destrozar una película el mismo día de su estreno. Casualmente, en muchos casos, la prensa filtra problemas de rodajes, presupuesto, desavenencias entre sus creadores y alerta del posible fiasco. Si a esto añadimos un presupuesto desorbitado o la intervención de personajes importantes que en período de pujanza comienzan a enemistarse con los medios, la cosa queda clara. Casi nunca son obras maestras, eso lo sabemos todos, pero son aproximaciones arriesgadas a temas poco tratados en el cine y planteamiento visual o narrativo algo complejo. Una de estos ejemplos podría ser un film de John McTiernan llamado El Guerrero Número 13, interpretado como muchos sabréis por nuestra estrella internacional Antonio Banderas.


Basada en la novela Devoradores de cadáveres de Michael Crichton (haciendo las de productor y guionista) cuenta la historia de un hombre de letras árabe, Ahmed Inbn Fahdland (Antonio Banderas) y sus aventuras en tierras del norte al verse involucrado,sin comerlo ni berberlo, en el enfrentamiento entre rudos vikingos que lo hospedan con una horda de semi-hombres que según testimonios lo destruyen todo a su paso envueltos en una brumosa mística de canibalismo. Todo por la intervención de una anciana que predice el épico desenlace a manos de trece hombres del reino, uno de ellos, extranjero.

Las influencias en este relato enriquecedor para amantes de la cultura vikinga son varias, la primera de ellas el texto épico medieval Beowulf, relato de reyes y monstruos que se intuye en la aparición del Rey Buliwyf (Vladimir Kulich), sus guerreros y la siniestra figura materna del oscuro ejército. Aunque la más acertada es la recreación de las aventuras en tierras extranjeras de su protagonista, precisamente un personaje histórico. Efectivamente, Ahmed Ibn Falan fue un cronista persa enviado en el Siglo X como embajador a tierras búlgaras que dejó constancia de su convivencia con los vikingos y detalles sobre sus costumbres y ritos fúnebres. Todo ello representado en la película que nos ocupa y suponiendo todo un lastre para el público menos curtido en un género casi olvidado, como es el de aventuras (exceptuando las historias pulp popularizadas por Indiana Jones y demás personajes).


El encargo recayó sobre John McTiernan (responsable de joyas como La Jungla de Cristal o Depredador) con intención de que le aportara brío narrativo y eficiencia técnica a una historia de batallas, con laboriosa dirección artística en exteriores y compleja fotografía. Y queda claro que se lo tomó en serio, ya que la película contiene imágenes espectaculares y perfectamente ejecutadas (ya sean grúas o travellings) que al son de la magistral banda sonora del desaparecido compositor Jerry Goldsmith embellecen la historia. No obstante, la cosa se torció. Su productor Michael Crichton parecía no estar de acuerdo con el trabajo de McTiernan (igualmente productor) y consiguió su expulsión alegando diferencias creativas (en cristiano, "haces lo que digo o a la calle"). Finalmente quedó en sus manos el montaje final y la filmación de nuevas secuencias a gusto del consumidor.

Para colmo, una desafortunada decisión terminó por confundir a algunos espectadores presumiblemente avispados que se enorgullecían de conocimiento fílmico criticándola a la salida del cine. La existencia de una polémica elipsis por la que pareció a muchos que el personaje de Banderas aprendía la lengua vikinga en diez minutos. Nada más lejos de la realidad. Existe una licencia narrativa según la cual, el director cómplice con el espectador se salta "a la torera" la verosimilitud del relato y consigue con un juego visual que los personajes pasen a hablar similar lengua al momento. McTiernan ya lo había hecho en La caza del Octubre Rojo (1990), con un simple movimiento de cámara que ponía al personaje ruso de Sean Connery a hablar inglés en un segundo, como hiciera Stanley Kramer en ¿Vencedores o vencidos? (1961) con un zoom que puso a hablar inglés a los implicados en el Juicio de Nuremberg. Con El Guerrero Nº13 no fue, ni por asomo, un recurso tan experimental. Lo solucionaron con un juego elíptico que explicaba como noche tras noche, a la luz del fuego, durante su largo viaje, el árabe analizaba las palabras de sus compañeros buscando algún tipo de relación linguística. El problema es que los personajes no se cambiaban de ropa, esas conversaciones eran de noche y no insertaron secuencias de paseos campestres para despistados.


A partir de ahí, todo fue de culo y sin freno. Los críticos presumiendo de diferenciar las secuencias filmadas por uno y otro director que desequilibraban la balanza, los amantes del cine de acción (acostumbrados a "finales de media hora") despotricando por las últimas secuencias que se centraban en la verdadera historia de fondo (la de Buliwyf) y su inverosimilitud (¿al escritor de Jurassic Park?), los defensores del Star system" sin entender qué hacía Banderas paseándose entre tanto Vikingo quedando al margen (valiente decisión profesional del actor malagueño) y un Bigger than life tan lejano que más de uno pensó que no se contaba historia alguna.

En conclusión, final inmerecido para un pequeño film de aventuras sombrío, sin pretensiones y mucha imaginación que buscaba entretener al público en general, interesar a aficionados a la historia y jugar con elementos poco saludables para la taquilla. A pocos interesó la feísta estética medieval, el impecable casting de secundarios, la subexpuesta (y muy arriesgada) iluminación de Peter Menzies o la solidez técnica de su director firmante. Cuando algo no gusta, poco se puede hacer, excepto esperar que la flauta suene en mejor momento. Mientras tanto, quienes la consideren cine de culto (a veces denomina películas fallidas que siguen despertando interés) soñarán con los cánticos a la valentía y cercana muerte que rezaban sus personajes:

"He aquí que veo a mi padre, he aquí que veo a mi madre, a mis hermanas y hermanos. He aquí que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios. Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, el lugar donde viven los valientes para siempre".

lunes, 12 de diciembre de 2011

Crítica: Acero Puro (Real Steel, 2011)



Hace ya unos años que el maestro de la literatura fantástica Richard Matheson (Soy Leyenda) escribió el relato titulado Steel (Acero) en el que se basa la nueva propuesta de Dreamworks. Anteriormente, en 1963, había sido adaptado para la TV en un episodio homónimo de la serie Twilight Zone interpretado por Lee Marvin. Esta nueva película, dirigida por el especialista en cine cómico y familiar Shawn Levi ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos y posicionarse con un tono muy concreto que deja claro el público al que va dirigido, en esta caso, el infantil. Es lo que toca. Tal y como están las cosas o ruedas Transformers para deleite de adolescentes y amantes de la acción adrenalínica o te metes en un proyecto que lleve y contente al mayor número de gente posible, hueco reservado para superproducciones y cine familiar.


Apelando a los buenos sentimientos y recurriendo a la ya clásica historia de perdedores, parece más un remake del film Yo, el halcón (Over the Top) que dirigió Menahem Golan en 1986, que otra cosa. El otrora poderoso fundador de la Cannon en compañía de su protagonista Sylvester "Sly" Stallone rodó la misma historia aunque esta se desarrollaba en los campeonatos de pulso (?) organizados a orillas de las autopistas interestatales con participación de camioneros y nómadas similares a su personaje principal. Solo quedaba incluir lo sucedido en el universo ideado por Matheson y aportar influencias de Rocky (2006) y Campeón (la de 1931 o 1979, como prefiráis) para que el cocktail quedara lo suficientemente revuelto y el respetable de la sala no supiera por donde le vienen los tiros.


Ahora bien, ¿que determina la validez de semejante jugada? Todos sabemos que incluso los mayores éxitos como Avatar (James Cameron, 2009) nacen de la mala idea de creativos y productores que venden mejunjes para disfrute del personal. Eso es tan antiguo como la tragedia griega. En mi opinión la validez de toda propuesta fílmica radica en el aporte a nivel emocional que hace a quienes va dirigido el relato y la picardía creativa de su artífices, algo de lo que va sobrada esta película. Si dudáis preguntadle a un crío de 12 años a la salida de la sala. Como film infantil es de sobresaliente, tocando todas y cada una de las teclas aceptadas bajo la tónica "Made in Spielberg" (productor de la misma) de lectura conservadora  y discursiva familiar.


A nivel técnico, admitamos que funciona. El prometedor comienzo, con presencia country cortesía del gran compositor Danny Elfman (como hiciese con su magistral Midnight Run) esta repleto de pinceladas psicológicas y alternancia de tiempos que ponen en situación al menos avispado. Todo cambia cuando llega el personaje más importante de la historia, un robot de desguace llamado Atom que permitirá al resto sobrellevar sus carencias afectivas y proyectarlas sobre un objeto inanimado. Y es que ese es el verdadero tema y principal aporte de la película. Entre trepidantes secuencias de boxeo, efectos especiales y subtramas archiconocidas sale a flote la verdadera esencia del relato. Una historia que analiza la necesidad de reafirmación personal y superación de todo ser humano, tanto a nivel simbólico (dualidad entre el protagonista y su gradual "álter ego" autómata) como explícito (relación padre-hijo).


Queda claro que quienes opinen que un relato es más adulto por contener más violencia (opinión absurda escuchada mil veces) deberían dejar paso a los demás. Ni tampoco quienes busquen futuros distópicos o ciencia ficción clásica verán atisbo de originalidad, ya que lo narrado acontece en nuestro presente (sea el año que sea) con el único adelanto en manos de la cibernética animatrónica. De enhorabuena están adultos con deseos infantiles de tener un robot, niños aún impresionables y personas de buen corazón que necesiten en ocasiones evadirse de tanto cinismo imperante a la salida del cine. Son ellos los que soltarán alguna lagrimita entre tanta épica y concesión al sentimentalismo humano, quizás prefabricado, pero humano al fin y al cabo.