jueves, 19 de abril de 2012

Los Muppets (The Muppets, 2011)



Los Muppets (conocidos como Teleñecos en España) han ido evolucionando con los años, desde su primera aparición en la televisión británica a mediados de los setenta con su Muppet Show hasta el estreno de este nuevo largometraje. El punto de inflexión vino marcado por el fallecimiento de su insigne creador, Jim Henson, hace más de veinte años. Aunque los títeres más populares del mundo nacieron de su absurda concepción del humor, siempre contestatario, desprejuiciado y plagado de referencias artísticas y sociales, con el paso de los años se han tenido que adaptar a una sociedad que entiende como infantil la propuesta y lidia con una nueva corriente de puritanismo. Ya en 1992, por el bien de la franquicia, su heredero Brian Henson coprodujo con la Disney el cuarto largometraje, Los Teleñecos en Cuento de Navidad (The Muppet Christmas Carol), adaptando ligeramente su naturaleza anárquica a una visión más ingenua y sentimental. Todo por resucitarlos en la pequeña pantalla con la serie Muppets Tonight (última muestra de su irreverencia) y sacar adelante algunos proyectos hasta su casi desaparición en la irregular Los teleñecos en el espacio (Muppets from Space, 1999) y algunos especiales de televisión. Hasta que en el año 2004 consiguió la Disney hacerse con los derechos de explotación, con el fin de sacarle partido al merchandising y la distribución de algunas películas, teniendo que formalizar la unión con un nuevo largometraje para cines.


Este film nace por tanto como reivindicación de una forma de entretenimiento algo olvidada en estos tiempos de saturación digital y nuevas tecnologías. Al menos así se lo han planteado sus guionistas. Jason Segel, impulsor (e intérprete) del proyecto junto a un colaborador habitual, el cineasta Nicholas Stoller, ha desarrollado una historia que despierte interés en las nuevas generaciones y apoyo de los nostálgicos. En primera instancia es un gran acierto, pero no deja de chocarnos el rescate de unos personajes que nunca naufragaron ni dejaron de estar presentes en los medios. Parece más una mitificación forzada y poco necesaria con fines comerciales, aunque afortunadamente no entorpece la trama, da pie al homenaje y añade un elemento crepuscular siempre emotivo. En este caso, son los Muppets quienes deben encontrase (o reencontrarse) a sí mismos en un mundo que no entiende aquellos valores que sin pregonarse enriquecieron a quienes crecieron con ellos. Su único lastre en mi opinión es la visión harto dulcificada de sus protagonistas, el trío formado por Jason Segel, Amy Adams y el títere Walter, obviamente meditada y acorde con este musical pretendidamente rancio (con algunas buenas canciones como "Man or Muppet"), aunque desconozco la manera en que se beneficiaba de ello este reencuentro con la mítica serie, tanto como de la discutible cantidad de temas musicales empleados para ello (algunos fuera de contexto). Muchos de estos elementos resultan  innecesarios en cuanto tenían ideado un divertidísimo y absurdo rollo final que superponía paralelamente a la trama principal un show de nuestros amigos.


Lo mejor de la función es verlos de nuevo cruzando la calle, conduciendo vehículos y relacionándose con personajes de carne y hueso (inclusive los imprescindibles cameos). La máxima de Jim Henson de entrecruzar fantasía y realidad, que había desaparecido en sus últimos trabajos, se agradece en los tiempos que corren. Y hablo en serio si digo que su pluralidad psicológica sigue intacta, aunque algunos personajes queden algo deslavazados por cuestiones de metraje. Se echa de menos la presencia y trascendencia del mítico Gonzo, relegado a personaje secundario, como algunos personajes de la "etapa Brian Henson" como la Rata Rizzo o el langostino Pepe, algo ininteligible y arbitrario. Mantienen aún así su sentido del humor, se ríen de sí mismos (y de nosotros) y juegan a hacer películas con noción de su naturaleza ficticia (a veces llegan a alterar el montaje y hablar de giros en el guión). Sobra decir que muchos fans (me incluyo, obviamente) lo validamos frente al definitivo regreso a "primera división" de este universo tan colorido y dinámico obra de un genio del entretenimiento, aunque sea de la mano del Muppet Studio creado por Disney y no de mi amada Factoría Henson, cuya fidelidad a su preceptos originarios la enfrenta actualmente a la extinción. Ahora los titiriteros son otros, llevan corbata y nos hacen creer que son los buenos, poniendo como malvado a un magnate del petróleo, aunque sea con la cara de un gran actor como Chris Cooper.

domingo, 25 de marzo de 2012

La tostadora valiente (The Brave Little Toaster, 1987)



¿Os habéis preguntado qué ocurre con los proyectos desechados por las grandes productoras? A menudo se guardan en el trastero, ya sean guiones, diseños o material filmado, y en otros casos se terminan vendiendo a productoras de menor calibre, necesitadas de algo vendible en las ligas menores. Este es el caso de La tostadora valiente (The Brave Little Toaster, 1987). Resulta interesante descubrir que en la red algunos se preguntan el motivo de que este título no figure en el catálogo Disney, mientras otros se burlan alegando que la productora nunca haría algo así, siendo un proyecto totalmente ajeno que únicamente distribuyen. Pues bien, ambos se equivocan y al mismo tiempo tienen parte de razón. Los derechos cinematográficos de esta pequeña novela escrita por Thomas M. Disch fueron comprados por los estudios Disney en 1982, dos años después de su aparición en prensa. John Lasseter (posterior fundador de la Pixar Animation), entre otros y por entonces creativo en la Disney, decidió hacerse cargo del proyecto, pero todo su entusiasmo y trabajo se topó con la negativa de los principales ejecutivos. La película fue rechazada debido a los costes que supondría su realización (pretendían emplear una novedosa técnica que mezclara animación con fondos creados por ordenador) y una concepción equívoca según ellos, con objetos inanimados como protagonistas (paradójicamente, cuatro años antes del estreno de La bella y la bestia). Cancelaron el proyecto, menospreciaron toda idea de Lasseter (mandándole a su casa) y cedieron el proyecto a la productora Hyperion, propiedad de antiguos empleados de la factoría. Menuda vista la de estos señores, rechazando el germen del futuro y triunfal universo Pixar y una de sus franquicias más rentables, Toy Story.


Por tanto estamos ante una película pequeña, de bajo presupuesto. Tan bajo que la Hyperion necesitó apoyo de productoras taiwanesas y japonesas para cerrar la producción. La precipitación y mescolanza de estilos se nota, sus diseños y fondos van desde la exquisitez más absoluta, como el trazo de los protagonistas (sobre todo "Radio", el flexor "Lampy" y la mantita Blanky") al "apañado" y descuidado cuerpo de algunos personajes secundarios (como los aparatos que aparecen enclaustrados en un taller eléctrico). No es de extrañar, sólo con leer el rodillo final de los créditos veremos que los responsables de muchos diseños son importantes creativos y artistas de la Disney como Kirk Wise, Chris Wahl, John Norton o Kevin Lima. Imagínense, menuda labor de orfebrería tuvo que desempeñar su director Jerry Rees, poco antes de ser definitivamente relegado por los jefazos con el fracaso de su siguiente película, Ella siempre dice sí (The Marrying Man, 1991). Igualmente el proyecto se convirtió por necesidad en musical. Las pocas canciones compuestas por Van Dyke Parks están bien, pero se desarrollan sin mucha fluidez, destacando como mítica rareza el último tema titulado Worthless ("Inútil"), existencial aproximación a la idea de la muerte para los más pequeños. Dentro de este género patina un poco, incluso en una secuencia, la de los animales en el bosque, con la que pretendían emular sin fortuna los números musicales al uso, aunque con cierto tono de parodia y apoyando la ejemplar banda sonora de David Newman, melancólica y naturalista, uno de los mayores aciertos del film. 


A pesar de semejantes desventajas fruto de su escasa producción y vaivén de artistas, el resultado es notable. El guión sale airoso en muchos aspectos. El perfil psicológico de sus personajes juega con matices muy apropiados consiguiendo que algunos de ellos, como "Radio" o "Lampy", resulten siempre divertidos y complejos. El relato se divide en tres partes muy diferenciadas. La primera, que se desarrolla en el interior de una cabaña abandonada, es brillante, muy elaborada, sugerente y cargada de emoción. Posteriormente, una vez que salen al exterior, entran en contacto con la naturaleza y asistimos a la característica "road movie" infantil con reflexiones sobre la amistad y el sacrificio, capítulo que viene a desembocar en un desenlace más oscuro, que acontece en la gran ciudad y nos habla sobre el consumismo y la demanda de necesidades autoimpuestas. Sobra decir, que muchos elementos de la película ideados por John Lasseter influirían en la saga Toy Story. Vale que identifiquemos a "Lampy" con el "Luxo Jr." de la Pixar (corto realizado en ese momento), pero es que cada entrega de la franquicia bebe de esta pequeña película. El dueño de los electrodomésticos es idéntico (psicológicamente) a Andy, el dueño de Woody y compañía, siempre cuidadoso e interesado en sus posesiones y en edad universitaria, como éste en la tercera parte, secuela para la que tomarían igualmente una secuencia en la trituradora de basura. La secuencia del taller eléctrico tiene misma estructura que aquella de la primera parte en la que los juguetes huían de su sádico vecino, y estos personajes inanimados que demuestran de qué "madera" están hechos durante la aventura mucho tienen que ver con los juguetes de la saga, incluso en la necesidad de estar con su legítimo dueño, con sus recuerdos a modo de flashback y sus pesadillas (muy sugerente la del payaso que persigue a la tostadora mientras una oscura humareda secuestra a su amigo). Sólo quedaba añadir algunos elementos del especial navideño The Christmas Toy que Jim Henson produjo en 1986 y Lasseter, siempre inteligente y sincrético daría con la fórmula.


Quienes se criaron con esta pequeña joya, al igual que los estudiosos del cine de animación, no dudan de su influencia en posteriores trabajos. Muchos adoran esta película que con el paso de los años ha adquirido mayor relevancia, llegando incluso a tener las típicas y prescindibles secuelas destinadas al formato doméstico, The Brave Little Toaster to the Rescue (1997) y The Brave Little Toaster Goes to Mars (1998). Por otra parte, quienes opinen que "una tostadora no habla" o consideren imprescindible el barroquismo hiperrealista de la animación actual podrían decepcionarse, pensando en lo que pudo ser y nunca en lo que podría aportarnos una obra tan sincera y humilde.

sábado, 10 de marzo de 2012

Enredados (Tangled, 2010)




Lo mejor de que Pixar Animation se convirtiera en empresa subsidiaria de Disney en 2006 resultó ser, sin lugar a dudas, la incorporación de su socio fundador John Lasseter a la plantilla creativa del gigante de Burbank. Desde el rotundo fracaso de Zafarrancho en el rancho (Home on the Range, 2004), la productora había expresado su deseo de abandonar la animación artesanal para dedicarse por completo al 3D y competir de ese modo en igualdad de oportunidades. Desde entonces, su nivel artístico y técnico quedaba en entredicho con cada película, siempre inferior a lo ofertado por las demás productoras de animación. Menos mal que con la llegada del citado Lasseter y la importancia que adquirió su criterio tras un acuerdo de 7400 millones de dólares, dejaron de entrometerse los directivos en la producción de largometrajes dejando que los artistas recuperaran la libertad creativa necesaria para desempeñar su trabajo. De esa manera, la producción ejecutiva de Lasseter enriquecíó propuestas en 3D como Bolt (2008), de imagen real como Encantada (Enchanted, 2007) y el esperado regreso a la animación artesanal con Tiana y el Sapo (The Princess and the Frog, 2009), todas ellas buenas películas con identidad propia. No obstante, aún quedaba un último reto, el que confirmaría que la tan comercializada magia disney podría sobrevivir a las nuevas tecnologías, un cuento de hadas hecho con infografía. El proyecto escogido, largamente acariciado durante años, se titularía Enredados (Tangled, 2010) y adaptaría un cuento de hadas de los hermanos Grimm, el conocido relato sobre Rapunzel y su larga trenza.


Como era de esperar, la historia original se adapta y suaviza. Tan sólo partiendo de los principales elementos del cuento, el encierro en vida de la princesa y su larga melena, se confecciona una película sobre la autosuficiencia, las ansias de libertad, el chantaje emocional fruto de la egoísta sobreprotección, y sobre todo, el amor, ya sea a uno mismo o a quienes enriquecen nuestra identidad. La joven princesa es resuelta, polifacética y creativa. En el momento en que saborea la ansiada libertad roza una hiperactividad emocional y crisis de identidad de lo más divertida, diferentes estados emocionales narrados con brillantes elipsis narrativas. Por el contrario, el personaje masculino nos remite al clásico estereotipo masculino que figura en muchos títulos de la productora, desde Aladdin (1992) a Tiana y el sapo (The Princess and the Frog, 2009), siempre con raíces en el Golfo de La dama y el vagabundo (Lady and the Tramp, 1955) y la dosis justa de estúpida fanfarronería. Pero quién se lleva la palma en su elaboración psicológica (como siempre) es la malvada. Gothel es probablemente el personaje más retorcido que puedan encontrarse los pequeños en una película familiar, ya que ella alcanza su objetivo empleando la manipulación psicológica, edificándola sobre el amor y ternura manifiesta en su papel de madre. Lo único que no puede evitar es su igualmente retorcido sentido del humor, que mina constantemente la autoestima de la princesa y acompaña su imposición del miedo a lo ajeno.


El guión es perfecto, sin fisuras, una máquina de relojería deudora de estructuras narrativas del período más fructífero de la compañía, de los noventa. No obstante, estamos ante un musical en el más estricto sentido de la palabra, compuesto por Alan Menken y basado en las comedias románticas de Howard ashman. Un musical de confección clásica, que enlaza las canciones melódicas de la protagonista con temas recitados por la maléfica Gothel, como manda la tradición aunque estos últimos despierten rechazo en los detractores del género musical. Así mismo, leyendo entre líneas advertimos una Road Movie con pinceladas de humor absurdo, con impagables apariciones de un caballo con alma de sabueso, un perspicaz camaleón y un erotizado anciano en pañales (sí, hablo en serio). Y eso no es todo, el clímax final está resuelto con elegancia y el trasfondo no deja de albergar cuestiones esenciales de nuestra naturaleza, tales como la necesidad de afrontar los miedos personales, aceptar la existencia de la muerte y reinventarnos en una inevitable deconstrucción que renueve valores e imponga el sacrificio final, eso sí, siempre por amor.


Solo queda enumerar elementos fantásticos atribuidos al McGuffin, su sofisticación técnica e influencias medievales para que os hagáis a la idea del tamaño alcanzado por esta pequeña producción disney, enumerada en la nomenclatura comercial como clásico número cincuenta. La única pega posible es que muchas personas dudaran en entrar a la sala pensando que estaban ante otro "quiero y no puedo" cuando estaban ante un sentido epitafio a los cuentos de hadas, con permiso de Kevin Lima y su película Encantada: La historia de Giselle (Enchanted, 2007), complementaria de la que nos ocupa e igualmente compleja. Mientras tanto, esperamos un nuevo giro. Demostrada la eficacia del equipo, esperemos que los manden en canoa por los rápidos para que nos demuestren de lo que son capaces, siempre que no se entrometa un directivo cuyo conocimiento del cine podría competir en pocas ocasiones con la imaginación y creatividad de cualquier dibujante.

martes, 28 de febrero de 2012

La sirenita (The Little Mermaid, 1989)



A finales de la década de los ochenta, la factoría Disney había relegado parte de la producción a su filial Silver Screen Partners para sacar adelante, junto a la Touchstone Pictures, varios films de imagen real y alguno de animación. Aún así se confirmaba, tras el fracaso de Oliver y su pandilla (1988), que la época dorada de la productora quedaba muy lejos. Disney perdía sofisticación, parte de su magia y sobre todo la capacidad de sorprender al público. En ese panorama, decidieron entregar un proyecto bastante ambicioso al productor y letrista Howard Ashman y el compositor Alan Menken, una adaptación del relato La pequeña Sirena de Hans Christian Andersen. El tándem había demostrado sobradamente su talento en Broadway y películas como La pequeña tienda de los horrores (1986) de Frak Oz.


Como era de prever, ambos se involucraron de lleno en un proyecto que les entusiasmaba. Howard Ashman se aplicó en labores de producción, guión (diálogos adicionales) y rediseñó todo el proyecto (rehaciendo sus directores John Musker y Ron Clements los storyboards), ya que en un principio no se había ideado como musical. La intención de estos artistas era la de renovar el concepto clásico que sobre los “cuentos de hadas” había proporcionado tantas alegrías a la Disney allá por los cincuenta. Huelga decir que no solo lo consiguieron, dejando boquiabiertos a público y crítica, sino que dieron el pistoletazo de salida a una nueva época dorada, tanto para la Disney como para el cine de animación en general.


Estamos ante una historia ágil, que desde el principio, con la canción coral de los marineros y la presentación del príncipe en un sugerente prólogo, nos embarca en un maravilloso viaje a las profundidades. Un lugar donde fastuosas celebraciones de la corte no despiertan el interés de la principal protagonista, Ariel, hija del Rey Tritón (primera heroína sensual e independiente de la Disney). La joven, con la complicidad de sus amigos, el pez Flounder y la gaviota Scuttle, vive fascinada por el mundo de los humanos, llegando incluso a enamorarse perdidamente de uno de ellos. Únicamente la bruja Úrsula la ayudará en semejante conquista, aunque sea para aprovecharse de ella y alcanzar sus ambiciosos objetivos. Como puede apreciarse, se trata una historia muy básica, deudora de la estructura empleada en films como Blancanieves (1938) o La Bella durmiente (1959), pero consigue adaptarse a los nuevos tiempos relatándose con fluidez, sutil insinuación y grandes dosis de humor.



Otra cosa es hablar de su planteamiento visual. Técnicamente es perfecta y mezcla con facilidad pasmosa todo tipo de tendencias, siempre bajo el canon clásico de la productora. Secuencias de acción de brillante montaje como la del ataque del tiburón (calcada años más tarde en Buscando a Nemo) se alternan con vistosos y coloridos números musicales, siempre estructurados según los personajes. Las canciones son increíbles, desde la antológica coreografía Under the Sea del cínico Sebastián (responsable del posterior y más romántico Kiss the Girl) el espectador espera cualquier cosa. La tétrica canción Poor Unfortunate Souls de Úrsula, la íntima melodía Part of Your World de Ariel (estructurada en tres partes según fases del enamoramiento) o los temas corales del prólogo y el epílogo (marca de la casa) están donde deben estar, donde no sobran ni faltan canciones.


Las secuencias se cierran con fuerza dramática, marcando giros y matizando la psicología de sus personajes, nada esquemáticos. El mismo Sebastián pasa de ser un chivato estirado a apoyar la causa de Ariel, entendiendo sus deseos de una vida mejor. La mala es única, irrepetible, a la altura de Maléfica (La Bella Durmiente) o Cruella de Vil (101 Dálmatas), más parecida a una "reinona" decadente y envidiosa que clama al cielo por recuperar la fama perdida (habla de su vuelta a palacio), siempre manipulando a sus ingenuas víctimas. La estructura narrativa es impecable, el guión se balancea con sofisticación entre elementos de la comedia absurda (entiéndanse los delirios de la gaviota), el slapstick (Sebastián entreteniendo a los pequeños durante las canciones y su enfrentamiento con un cocinero) y la comedia romántica, respetuosa con la inteligencia del público y el material original (jugando sutilmente con la insulsa "ceguera" del personaje masculino).


Mucho más se podrá decir sobre esta obra maestra de la década de los ochenta, que impulsó una nueva forma de entender en cine familiar. Cuestión de tiempo que su artífice Howard Ashman, gracias a una verdadera aportación económica de la Disney, nos regalara su "canto del cisne". El siguiente capítulo de esta historia, dos años más tarde, alcanzó dimensiones épicas con el estreno de La Bella y la Bestia (1991), pero esa es otra historia. Probablemente más compleja, elaborada y ambiciosa, pero nunca tan inesperada y fresca como esta pequeña película.

domingo, 26 de febrero de 2012

Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free, 1947)




Durante la Segunda Guerra Mundial pudo la factoría Disney salir adelante. Un contrato firmado con las fuerzas armadas de EEUU le permitía producir cortometrajes de corte propagandístico, aunque frustró sus intenciones de crear otro tipo de producciones. Prácticamente requisada su plantilla y metida de lleno en ese formato se pudieron desarrollar algunas ideas, inicialmente ideadas como largos, pero nada definitivo hasta que finalizara el conflicto bélico. Cuando esto sucedió pudieron sacar adelante algunos films denominados "películas-paquete" que recopilaban estos proyectos inconclusos. Así pudieron estrenar films como Make Mine Music (Música Maestro, 1946) y la que nos ocupa, estrenada en 1947 bajo el título Las aventuras de Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free), también llamada en América Latina Diversión y Fantasía.


La estructura es muy sencilla, con un único personaje como nexo de unión entre dos historias de corte muy diferente. El maestro de ceremonias, personaje ya conocido, es Pepito Grillo (Jimini Cricket). Con la voz de un famoso showman de la época, Cliff Edwards, inicia un paseo al son del tema que da nombre a la película y allana una morada para alimentar las esperanzas de dos muñecos inanimados pero con semblante triste. De ahí que éste decida sacar de su envoltorio un disco de Dinah Shore (popular cantante, también en nómina), grabación del material previo destinado a la primera historia, la del pequeño osezno Bongo. En ella se nos habla de un personaje encerrado en una jaula de oro, estrella de un número circense que ansía vivir en plena naturaleza. La instintiva llamada motivará su fuga a un medio desconocido, maravilloso pero repleto de peligros y necesidades. Hasta ahí todo bien, a excepción de un interminable número musical en el que la acción se estanca por completo. Este bache supera con la aparición de LuLuBelle, de la que se enamora perdidamente el protagonista (con irónica y brillante plasmación visual en rosa), por la que decidirá enfrentarse a convencionalismos sociales y la dura competencia de un oso brabucón y violento. Un mediometraje realmente exquisito, pero afectado por una visión musical excesivamente contemplativa que estropea lo que podría haber sido una completa obra maestra, principalmete por la brillante plasmación en el  papel del oso Bongo.


La segunda parte comienza en el momento en que Pepito decide asistir a una fiesta muy particular, fundiéndose el personaje con una secuencia de imagen real. En ella, un ventrílocuo cincuentón, acompañado de dos marionetas hiperrealistas (Charlie y Mortimer, personajes de algún que otro corto de la productora) celebran el cumpleaños de una niña, la pequeña Luana Patten de La canción del Sur (1946), sin compañía de padres ni amigos ¿os imagináis mayor pesadilla? En aquella época podría despertar mucho interés el ventrilocuo Edgar Bergen (padre de Candice Bergen) y sus muñecos, pero pasados los años la secuencia se nos antoja algo sórdida, poco fluida y más acorde con la narrativa televisiva. No obstante, eso deja de preocuparnos en cuanto dan pie a la segunda historia, la impecable joya animada Mickey y la judías mágicas. En dos ocasiones se había enfrentado Mickey Mouse al gigante (en anteriores cortometrajes), pero el obsesivo perfeccionismo de Walt Disney alcanzaba su objetivo en esta ocasión. Gracias a este mediometraje los principales personajes de la factoría, Mickey Mouse, Donald y Goofy, pudieron protagonizar su primer largometraje (exceptuando la intervención de Mickey en Fantasía de 1940). La narrativa sería perfecta si no fuera por las continuas interrupciones de las dichosas marionetas, que aunque con cierta ironía, lastran el potencial de la historia. De ahí que, precisamente años más tarde se remontara este magistral trabajo en formato cortometraje con la narración animada de Ludwing Von Drake (Ludwing Von Pato), personaje presente a día de hoy en el programa televisivo La casa de Mickey Mouse y que se acompaña del grillo Herman, permitiendo a los animadores aprovechar las tomas ideadas para Pepito décadas atrás. Eso sí, sin las molestas interrupciones y compartiendo el final de la película, en el que el gigante Willy irrumpe en la casa antes de pasearse por medio Hollywood.


Esta "película-paquete", algo irregular pero justificadamente valorada, permitió a Walt Disney reciclar trabajos desechados durante la guerra y centrarse en proyectos más ambiciosos como La Cenicienta (1950), que años más tarde les permitió triunfar en la taquilla y recuperar el reconocimiento artístico y técnico necesario para emprender la década más fructífera y brillante de su historia.



miércoles, 15 de febrero de 2012

La Cenicienta (Cinderella, 1950)



A finales de los cuarenta, Walt Disney estaba al borde de la quiebra. No había tenido un verdadero éxito desde el estreno de Blancanieves (1937), primer largometraje animado de Hollywood. La taquilla generada por Dumbo (1941) o Bambi (1942), sólo venía a saldar deudas adquiridas en ambiciosos “pinchazos” como Pinocho (1940) y Fantasía (1940). Durante ese período había subsistido gracias a los encargos propagandísticos del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, al apoyo por la iniciativa de buena voluntad con América Latina del presidente Roosevelt conformada por Saludos Amigos (1942) y Los tres caballeros (1944), y finalmente, con el estreno de películas que recopilaban cortometrajes como Música Maestro (1946) y Tiempo de melodía (1948).


Si querían salir adelante debían dar “el todo por el todo” y jugársela a una sola carta con un proyecto ambicioso, esperando que arrasara en taquilla y les devolviera cierta solidez económica. Por todo ello inauguraron una nueva década y nueva etapa con La Cenicienta (1950), impulsados por su merecido éxito de público y crítica. Tal fue el reconocimiento, que llegaron a ganar premios especiales en importantes Festivales de Cine como Venecia y Berlín, casi nada. Y eso que la fórmula era bien sencilla, buscaron fusionar la animación realista de Blancanieves, nacida de los cuentos clásicos, con el divertimento cómico y familiar de sus cortometrajes, principalmente de las Silly Simphonies (Sinfonías Tontas). De esa manera, idearon dos líneas narrativas que se entrecruzaban, la relación de Cenicienta con su familia y la de los animales de la casa con el manipulador gato Lucifer. Dos formas de entender la animación que confluyen en un final mítico, plagado de suspense, que cierra un elemento común, el triunfo de los débiles frente al avasallamiento, siempre con autodeterminación y sacrificio.


El público se sorprendió por la sofisticación de su heroína, bondadosa pero decidida. Un personaje con criterio propio que sarcásticamente llama “Ruiseñor” a una de sus hermanas. El eclecticismo de la propuesta mezclaba el Slapstick en las secuencias de los animales, la sátira en el palacio real y el drama vivido por Cenicienta, que alcanza su clímax cuando sus hermanas le arrancan el vestido. La madrastra, como todos los personajes malvados del Disney clásico, es todo un prodigio de diseño. Su expresividad alerta en todo momento e intimida al espectador, como cuando decide encerrar a su hijastra para que no se pruebe el zapato de cristal. A ella le debemos las pocas muestras de expresionismo que salpican una narración que por el contrario no teme jugar con metáforas visuales como la de las pompas de jabón que multiplican la imagen de su protagonista. El punto optimista, anticipado para evitar que nazca el desencanto en los más pequeños, lo pone un hada madrina algo despistada que da pié a la secuencia más poética y romántica de la película, la del baile. Impagable la entrada de Cenicienta, ante la atónita mirada del príncipe y sus soldados, mientras el Duque de manera cínica pone en tela de juicio la existencia del amor romántico.


La cenicienta era la película favorita de Walt Disney por muchos motivos. En ella trabajaron las vacas sagradas de la productora, los llamados “nueve genios” de Disney, formados en diferentes escuelas, que representaban pasado y futuro de la factoría. Era la primera vez que sacaban al mercado discográfico una de sus bandas sonoras, en este caso ideada para tal fin y figurando en el número uno de las listas. Además, pudo fusionar las dos vertientes del cine de animación de la época cumpliendo el sueño del productor, despertar la risa y experimentar con la imagen mientras se aporta credibilidad intelectual al producto final. Todo ello con la inevitable traslación de su principal obsesión, la transformación. Su creador, de orígen humilde, sabía lo que supone alcanzar la grandeza con perseverancia y grandes dosis de creatividad , como sus personajes. Es así como consiguió dar con la fórmula idónea, aquella que convierte los sueños en realidad.

lunes, 23 de enero de 2012

Bobby Driscoll (1937-1968)



El 30 de marzo de 1968, dos niños que jugaban en un edificio desierto cerca de la avenida A en Nueva York, descubrieron el cadáver de un hombre joven, rodeado de objetos religiosos y basura. La policía registró el cuerpo y comprobó que no llevaba ninguna identificación. Los forenses realizaron un informe rutinario consignando que tenía huellas de pinchazos en los brazos y que sus vísceras correspondían a las de un anciano más que a las de un hombre que no parecía tener muchos más de 30 años. Se lo explicaron al recibir el análisis de sangre con restos de metedrina. Se le tomaron las huellas dactilares y fue enterrado en Hart Island, en una zona destinada a los cadáveres sin identificar. Se tardó más de un año y medio en saber que habían enterrado a Peter Pan.

Difícilmente, las nuevas generaciones podrán hacerse a la idea de lo famoso que pudo llegar a ser Bobby Driscoll, el "chico de oro" de Walt Disney. De niño protagonizó las películas más famosas de la productora, sirvió como modelo de animación, dio voz al personaje principal en Peter Pan (1953) y recibió un Premio Óscar Juvenil por sus trabajos. Por ello, en homenaje a tan singular personaje he confeccionado este copia/pega con un resumen de su azarosa vida, genial talento y trágico final.


Su verdadero nombre era Robert Cletus Driscoll y nació en Iowa. Era el hijo único de Cletus Driscoll, un vendedor e Isabelle Kratz Driscoll, una maestra. La familia vivía en Los Ángeles cuando un peluquero, amigo de la familia, dijo a sus padres que intentaran que el chico se dedicara al cine. El hijo de éste, actor ocasional, le consiguió una prueba en MGM para un pequeño papel en un drama familiar Lost Angel (1943). El director quedó impresionado por la curiosidad e inteligencia de Driscoll, de cinco años de edad y lo eligió entre otros cuarenta aspirantes. El breve debut de Driscoll le ayudó a conseguir importantes papeles en varias productoras hasta que Walt Disney le contrató para protagonizar La canción del sur (Song of the South, 1946). Este título convirtió a Driscoll en estrella infantil, discutiéndose la posibilidad de darle un Premio Óscar Juvenil. También participó en el segmento titulado Pecos Bill del film de animación Tiempo de Melodía (Melody time, 1948) y en otro largometraje mítico, Danny (So Dear to my heart, 1949). Las películas Danny y The Window (producción RKO) le valieron a Driscoll un Premio Óscar Juvenil en marzo de 1950.


Driscoll también fue escogido para encarnar a Jim Hawkins en la producción Disney La isla del tesoro (Treasure Island, 1950), basada en la obra homónima de Robert Louis Stevenson. Fue la primera cinta del estudio rodada completamente en imagen real. El trabajo de Driscoll en esta película le valió ganar una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, en el 1560 de Vine Street. La isla del tesoro fue un éxito de taquilla a nivel internacional y gracias a ello se barajaron diversos proyectos a rodar con Driscoll, aunque no se materializaron. A veces la Disney lo dejaba en manos de otras productoras (como la RKO o la Horizon) pero eran proyectos de poca envergadura donde el chico era su principal interés. El último gran éxito de Driscoll sería Peter Pan (1953). Tras completarse, Disney afirmó que en ese momento veía a Driscoll más apropiado para interpretar a jóvenes matones que a personajes adorables. El salario del actor ascendía entonces a 1.750 dólares semanales, y acorde al mismo, tenía pocas ofertas de trabajo. Por otra parte, Driscoll se vio afectado por un intenso acné acompañando su entrada en la pubertad que hacía necesario que utilizara grandes cantidades de maquillaje en sus actuaciones. Finalmente, en marzo de 1953, la opción adicional para extender el contrato con Disney durante otros dos años se canceló y terminó la colaboración.


Driscoll se encontró con una creciente indiferencia por parte de los otros estudios de Hollywood. Todavía percibido como "el niño actor de Disney", era incapaz de conseguir papeles como un serio actor de carácter. A partir de ahí, el grueso de su trabajo fue televisivo, acompañado de algunas producciones radiofónicas. Tras dejar los estudios Disney, los padres de Driscoll le hicieron salir de la Hollywood Professional School, institución dirigida a actores infantiles y le mandaron a la pública University High School de Los Ángeles. Allí su rendimiento cayó notoriamente, fue ridiculizado por sus papeles cinematográficos y empezó a experimentar con las drogas. A petición suya, sus padres decidieron llevarle de nuevo al año siguiente a la Hollywood Professional School, donde se graduó. Sin embargo, su adicción iba en ascenso y en 1956 fue arrestado por primera vez por posesión de marihuana, aunque los cargos fueron retirados. En diciembre de 1956, Driscoll se fugó a México con su novia, Marilyn Jean Rush, con el fin de casarse y evitando de ese modo las objeciones de los padres de ambos. La pareja volvió a casarse en Los Ángeles en marzo de 1957 y tuvieron tres hijos, pero se divorciaron en 1960. Driscoll empezó a utilizar el nombre artístico de "Robert Driscoll" a fin de distanciarse de sus actuaciones anteriores. Finalmente consiguió dos papeles, que fueron sus últimas actuaciones cinematográficas.























Fue acusado de "alterar el orden" y de "asalto con un arma letal" tras agredir con una pistola a un alborotador que le insultó. Los cargos fueron retirados. Más adelante, en 1961, fue sentenciado por consumo de drogas e ingresado en un centro de rehabilitación en Chino (California). Cuando Driscoll dejó Chino a principios de 1962 ya fue incapaz de encontrar trabajo como actor. En 1965, un año después de finalizar su libertad condicional, fue a vivir a Nueva York, esperando reiniciar su carrera en el teatro de Broadway, pero no tuvo éxito. Entró a formar parte de The Factory, un estudio artístico fundado por Andy Warhol. En 1965 Driscoll hizo su última actuación conocida y a inicios de 1968 abandonó el estudio. Arruinado, desapareció en el subterráneo de Manhattan. Fue en Marzo de 1968 cuando dos muchachos encontraron su cuerpo en una casa deshabitada de East Village. El examen médico determinó que había fallecido a causa de un infarto agudo de miocardio motivado por la avanzada arterioesclerosis secundaria a una brutal adicción a la heroína. Año y medio después de su muerte, la madre de Driscoll pidió ayuda a los estudios Disney para localizarle, ya que su padre estaba a punto de fallecer y quería saber que había sido de él. Finalmente, gracias la productora y por mediación del Departamento de Policía de Nueva York, lo localizaron en una tumba para indigentes en Hart Island.

La Pandilla (Newsies, 1992)

Allá por 1992 la intocable factoría Disney estrena su producción "La Pandilla" metiéndose un batacazo a la altura del mismísimo &q...