domingo, 1 de enero de 2012

Crítica: Misión Imposible, Protocolo Fantasma (Mission Impossible, Ghost Protocol, 2011)




Desde que Tom Cruise y su socia, la productora Paula Wagner decidieran revivir la popular serie Misión Imposible (Mission: Impossible, 1966-1973) hace unos quince años, ha cambiado radicalmente el cine de acción, conceptual y visualmente. De ahí que unos tipos tan avispados hayan querido reinventar en cada título de la saga una nueva base narrativa de la que partir. Al igual que en la serie televisiva, unos aturullados relatos de espías poseedores de uno y mil "gadgets" han puesto a prueba la incredulidad del espectador, pero siempre desde el punto de visto del narrador. El primer cineasta en apuntarse al experimento fue Brian De Palma, que en sus horas bajas buscaba recuperar prestigio comercial a costa de encargos alimenticios. Este aportó su obsesivo y perverso manejo de la cámara brindándonos un film de milimétrico suspense. Apoyado en un rocambolesco libreto de David Koepp sobre espías desempleados tras la guerra fría, dejaba de lado la propuesta coral de la serie para apoyar todo el peso de la acción en un individualista Ethan Hunt que llevaba la narración hasta el exceso en su último rollo. Todo un deleite para los amantes del cine de acción afectados por el tedio y previsibles ideas de principios de los noventa, máxime conteniendo una secuencia tan mítica y bien planificada como la del asalto al ordenador central en Langley.


Tras el rotundo éxito vino la colaboración con John Woo, un genio del adrenalínico policiaco hongkonés que entregó una película inverosímil y algo hortera. Nacida principalmente de la sala de montaje y no de los storyboards de un tipo tan prefeccionista, lidiaba con el guión de Robert Towne, todo un despropósito que no se tomaba en serio la franquicia, y con el egocentrismo de su protagonista que convertía en parodia sus peores momentos. De ahí que una colaboración con J.J.Abrahms (el niño bonito de la TV) en la tercera parte sería necesaria para convencer a unos dubitativos ejecutivos de la Paramount. Abrahms supo devolverle la sofisticación perdida, se cachondeó de ciertos tópicos y nos regaló el mejor malo posible (un impagable Pillip Seymour Hoffman). Puede que no fuera ninguna maravilla, pero el empalagoso enamoramiento de la estrella (dentro y fuera de la pantalla) no pudo con unas secuencias de acción inmejorables.


Años más tarde y tras una bronca monumental de la productora Cruise/Wagner con la Paramount (con la cancelacíon del contrato que el estudio tenía con el actor) regresan las aventuras de Ethan Hunt y su cuadrilla. Y lo más curioso, que conteniendo aciertos y desaciertos en su metraje, todos presentes en anteriores entregas, ésta consigue erigirse como la mejor de todas. Ya en la preproducción, sus artífices dejaron boquiabierto al personal con la decisión más extraña que se haya escuchado en los grandes despachos de Hollywood. Dejaban las riendas de una superproducción de acción a un director de animación del que ésta sería su ópera prima (en imagen real). Y ahora entendemos el porqué. Ni Tom Cruise con su algo envejecido carisma, ni los artilugios diseñados por los técnicos de efectos especiales... en esta ocasión la campanada la ha dado su director con un exquisito y pulcro trabajo de realización.


Como todo blockbuster os haréis a la idea. La película contiene acción, humor, glamour y mucho suspense. Repiten el compositor Michael Giacchino con una variopinta partitura llena de exotismo (incluye una impresionante música de aire soviético) y Abrahms en calidad de productor con su sello "Bad Robot". No obstante, sorprende en cuanto la historia esta contada exclusivamente desde el punto de vista de los buenos, deja inexistente la figura del malo (el sueco Michael Nyqvist) y recupera el estilo de la serie apoyando el protagonismo en el grupo de espías. Su orden secuencial sobrio y directo remite a títulos clásicos del agente 007 (constante desde la primera parte) dividiendo la narración en tres capítulos muy diferenciados y con entidad propia, aquellos que se desarrollan en Rusia, el Emirato de Dubai y la India.


Pero como ya se ha comentado, lo realmente destacable de la película es el trabajo de su director Brad Bird, un tipo que ya nos brindó en su momento verdaderas joyas como El gigante de hierro (The Iron Giant, 1999) o Los increíbles (The Incredibles, 2004). Su planificación es soberbia, diáfana y pausada, con brillante empleo del espacio y movimiento interno de los actores dentro del cuadro. Ahora bien, lo mejor del repertorio, que seguro seguirá despertando el interés dentro de unos años es la secuencia filmada en Dubai. Lo que comienza como un espectacular ejercicio de suspense en el rascacielos más grande de la ciudad (Cruise vuelve a presumir de no tener vértigo) pasa a convertirse en un juego de ajedrez, con dos secuencias que se entremezclan en montaje paralelo y convergen en una extraña, casi onírica persecución bajo el violento clima desértico, un concepto de lo más original.


Por lo demás, concesiones a la comercialidad no entorpecen aunque lastran el resultado. Algunas subtramas aportan poco, como el pasado de Hunt y su relación con el personaje interpretado por Jeremy Renner, un  epílogo que se hace demasiado largo (como suele ocurrir en el cine americano) y el áurea mística que envuelve al héroe (o estrella según se mire), algo que molestará a algunos y exaltará a otros. Sea como sea, debemos dar la bienvenida a un nuevo y carismático film de acción y a un cineasta que tendrá mucho más que contar a partir de ahora.

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