miércoles, 18 de enero de 2012

El exorcista, El comienzo: La versión prohibida (Dominion: The Precuel to the exorcist, 2005)




Sorprendente que sigan ocurriendo cosas como lo acontecido en las oficinas de la Morgan Creek en el año 2003, cuando su máximo responsable James G. Robinson, tras un visionado del primer montaje del film que nos ocupa, decidió despedir al mismísimo director del proyecto, Paul Schrader. Así surgió la historia del film maldito más popular de los últimos años, un film polémico y complejo que despertó el interés cinéfilo desde mucho antes que se estrenara en cines (solo en EEUU) o se distribuyera en formato doméstico.

Nadie entiende por qué los productores pensaron en el Sr. Schrader para dirigir un film cuyo guión ya anticipaba conceptualmente lo que se plasmaría poco después en la pantalla. Pues, a pesar de añadir secuencias de terror algo más convencionales de lo esperado, el director tuvo que hacer frente al desprecio de aquellos que demostraron no haber leído una sola línea. Su productor decidió rehacerla (en un 90%) por resultar este primer trabajo “poco violento y poco comercial”. ¿Se sorprenden? Al parecer se necesita de una buena dosis de violencia y narración básica-simplificada para acceder a la taquilla, todo un secreto a voces desde hace unas décadas en el cine norteamericano. ¿Y cuál fue la solución? Contratar a Renny Harlin, el mismo que hundió la Factoría Kassar-Vajna con La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat Island, 1995), el perfecto candidato para adaptar el planteamiento a la taquilla convencional.


Por supuesto, peor resultó el remedio que la enfermedad. Como era de esperar, el bodrio de Harlin no convenció a nadie (principalmente por su patente banalidad y estupidez) y pensaron en aprovechar el cariño que muchos sentíamos por Schrader para distribuir la “otra” versión. Vendida en España como La versión prohibida (no se sabe si por el morbo o para incautos clientes de videoclub), demostró que un film tan enigmático se merecía haber corrido mejor suerte. Aunque muchos damos gracias por haberla podido disfrutar, no podemos evitar la indignación. Mientras se le concedió mayor presupuesto a la segunda versión (20 millones más que a la anterior) a Schrader le obsequiaron con una miseria para concluirla. La copia exhibida demuestra que se abandonó en los laboratorios y que algunos efectos digitales (si acaso un par de planos) parecía sacados de la peor producción serie B. Incluso Angelo Badalamenti le regaló a Schrader un cuarto de hora musical para completar el score compuesto por arreglos de la “otra” banda sonora de Trevor Rabin y apaños del grupo Dog Fashion Disco. Desgraciadamente, todo se deja ver en un montaje que resulta excesivamente académico, sin el elaborado remontaje que pule todo trabajo ciematográfico en la actualidad.


Ahora bien, menuda oportunidad para disfrutar de un film que se acopla consecuentemente a la filmografía de este “calvinista arrepentido”. El estilo de su director continúa ganando austeridad con cada obra nueva. La ambientación se muestra cercana y sugiere (más que documenta) la cotidianeidad de este último reducto arqueológico de la sometida Kenia bajo dominio de los británicos. El alma del padre Lankester Merrin es un campo de batalla (en su concepción cristiana, claro esta) como “dominio” de aquél que desata el enfrentamiento entre la fe del ser humano y su propia naturaleza. La lucidez del discurso establece paralelismos entre el nacimiento de la maldad y sus consecuencias, que abarca totalitarismos y colonización. Apuntes sobre la relación entre diferentes culturas y religiones (espléndido antagonismo entre los keniatas y británicos) la posicionan ideológicamente. Y lo prioritario de la carne se manifiesta a lo largo del metraje, tanto en la tensión sexual existente entre sus protagonistas, como en las imágenes del martirizado Padre Francis (representación iconográfica gay de San Sebastián) o en las razones que entregan el alma de un muchacho con malformaciones al mismísimo demonio, siempre en busca del ideal de belleza. Elementos que conforman toda una celebración para amantes de la obra del cineasta y no frivolizan con el trasfondo espiritual empleado por William Peter Blatty en el primer guión de la saga.


Probablemente, aquellos que entendieron la primera parte de la saga como festín de terror escatológico terminarán bastante decepcionados con esta cuarta entrega. No obstante, aquellos que buscaron un atisbo de sutil y complejo trasfondo místico en las secuelas (incluso en la segunda, igualmente maldita y redescubierta en su nuevo montaje para formato doméstico) deberían darle una oportunidad a esta cinta algo irregular pero plagada de matices y buenas intenciones. seamos sinceros, mucho ha llovido desde el estreno de aquella obra maestra, obsequio de William Friedkin en 1973. Las cosas han cambiado mucho en Hollywood y aquellos que no vieron cine alguno en su juventud deciden en la actualidad el destino de la mayoría. Mejor hubieran producido uno de esos indigestos “remakes” tan de moda y no hubieran molestado a un artista de la reputación de Paul Schrader, alguien que terminó como el Padre Merrin en la última secuencia del film, vagando entre la polvareda en clara referencia al Centauros del desierto (The searchers, 1956) de John Ford. Un hombre entregado a la lucha constante contra su peor enemigo, que si es el demonio para cualquier sacerdote, para un cineasta vendría representado en la imagen de aquellos inversores que han convertido el cine en franquicia de comida rápida.

2 comentarios:

  1. Cuando vi la versión de Harlin se me cayeron los huevos a los pies... y eso que Harlin no es el Mal personificado, en su vida ha hecho un par de buenas películas (Máximo Riesgo o Memoria Letal), y el tío tiene estilo visual (Pesadilla en Elm Street 4). Sin embargo cuando vi la versión de Scherader... me quedé más bien frío. Esto no es una película, es un borrador. Es una putada que te exhiban tu película así, inacabada.

    La peli tiene cosas, si, pero me temo que aunque Scheder hubiera podido estrenar su peli bien acabada y post producida, bien distribuida, y tal, aún así el resultado no hubiera sido para tirar cohetes. Tendríamos una secuela digna, pero ya está.

    Y es que de las secuelas de El Exorcista, sólo la tercera es algo interesante... y aún así se queda a años luz de la original.

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  2. Difícil estar a la altura de la primera parte. Aunque Schrader trató nuevamente dilemas morales y sufrimientos internos de Blatty, dejó de lado la tensión y el suspense necesarios (al contrario que el autor en la tercera parte).

    Lo peor de esta cuarta entrega... que no es una película de miedo. Y eso tratándose de El Exorcista, es un problema. Algo que podrían haber solucionado con el director y no rehaciéndola con otro.

    Buen material había. Pero como bien dices, nos quedamos con el borrador (que tampoco es excusa).

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