lunes, 30 de enero de 2012

La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964)



Muchas veces, un proyecto enfrenta a sus principales artífices, y el resultado final fluctúa entre los diversos puntos de vista con que se enfoca una misma historia. Eso lo tenían claro el productor y director de La caída del Imperio Romano (1964) respectivamente. Pero su última colaboración, El Cid (1961) había salido airosa en ese terreno. Principalmente porque ambos hicieron concesiones con tal de alcanzar sus intereses personales. Mientras el productor Samuel Bronston necesitaba el pulso narrativo de un gran director, el escogido, Anthony Mann, deseaba ampliar los horizontes de su sentido plástico de la imagen cinematográfica. Sobre todo, tras el fiasco (personal y artístico) que le supuso renunciar en su anterior film, Cimarron (1960), al montaje final y rodaje en muchos escenarios naturales. Por esa razón y tras mucho empeño por parte de sus creadores, El Cid supuso una bocanada de aire fresco para el género de aventuras y un gran éxito de crítica y público. Pero su siguiente trabajo no correría la misma suerte. En él, un "más grande y mejor" del Sr. Bronston se toparía con el deseo de un cineasta por aproximarse a la abstracción de una tragedia. Y claro está, si no se ponen de acuerdo ni los padres de la criatura, menos lo harán sus espectadores. El gran público le daría la espalda y terminarían por dar al traste con el imperio que realmente estaba en juego, el Imperio Bronston.


La historia comienza en Viena, allá por el año 180 d.c., cuando las tropas de Marco Aurelio se aposentan en las inmediaciones del Danubio. El emperador y su consejero, el filósofo griego Timónides, reciben a los reyes y procónsules del imperio con el fin de anunciarles que va a delegar el poder en el General Livio y no en su hijo Cómodo. Pero Marco Aurelio fallece envenenado y Livio renuncia en cargo a favor de su amigo Cómodo, quien le encomienda la defensa del imperio ante la mirada disgustada de Lucilla, la otra hija de Marco Aurelio, que deberá casarse con el Rey de Siria para controlar a los enemigos del este. A partir de entonces, el Imperio de Roma inicia su decadencia. Cómodo, el nuevo Emperador, no atiende las advertencias de su consejero Timónides, Lucilla vive un apasionado romance con Livio y la desintegración del Imperio comienza con la presión que sobre las fronteras ejercen las hordas bárbaras. Y es que en Roma no dejan de producirse disputas por el poder.


Vale que todo ello evidencia poca contrastación histórica, pero no estamos ante un documental educativo sino frente a un relato de ficción inspirado por la historia. Eso sí, ¿les suena de algo? Años más tarde, David Franzoni emplearía la misma línea argumental para el film Gladiator (2000), aunque en este caso salpicada por retazos de Ben Hur (1959) -con la historia de un viaje motivado por la venganza- y Espartaco (Spartacus, 1961) -en referencia al gladiador en busca de libertad-. Ese fue el cóctel, la mezcla de los tres films de mayor referencia en el "cine de romanos" con la única finalidad de despertar un subgénero olvidado. Y se incluyó La caída del Imperio Romano (incluyendo elementos estéticos) por varias razones que en su momento debieron pasar inadvertidas a mucho publico.


En ella advertimos un estilo complejo, de difícil lectura con el que Anthony Mann reflexiona sobre todo un género cargado de elementos alegóricos, con ese viento que más que un susurro es una advertencia del oscuro destino de sus protagonistas. Un tratamiento visual único, de fotografía magistral cuyos paisajes y ángulos de cámara (nada nuevo en el maestro) enfrentan dureza y misterio, como la nevada hostil de las primeras secuencias. Unas secuencias de acción impactantes para la época (hay quedó la carrera de cuádrigas o la batalla del este), una trama cargada de engaños y luchas de poder (magnífico trabajo de Philip Yordan, alguien que siempre aportó indentidad a los desaguisados de su productor) y muchas, pero que muchas muestras del dominio narrativo de su director.


Y ese es el problema, que al lado opuesto queda el sello Bronston. Mientras el autor lucha por desarrollar un relato íntimo de profundo tenebrismo, el mecenas persigue la espectacularidad y clichés del género. Con sus inevitables movimientos de masa (al ritmo de la excelente música de Dimitri Tiomkin), elenco de interminables estrellas de carácter internacional (agradecidos por la inclusión de Alec Guinness, James Mason o Christopher Plummer), mentalidad algo conservadora y fastuosidad de medios (en excelentes decorados y vestuario). Pero me pregunto si esto estropeó el resultado final, y teniendo en cuenta que no son más que meras convenciones del género y que éstas respaldaron un éxito como el que Gladiator cosechó treinta y tantos años después, entiendo que el único defecto de este película fue el de no incluir elementos con los que jugó Ridley Scott, más cercanos al cine de acción y los estudios de mercado que a los aspectos más básicos del drama. Y este fue el problema, que su director se tomó demasiado en serio un género que muy pocos tomaban en serio. Se estrenó su visión más tétrica y teatral, pero a pesar de su empaque y grandiosidad, no interesó a muchos espectadores.

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