lunes, 13 de febrero de 2012

Iván Zulueta (1943-2009)


Existen cineastas cuya “desaparición” pública podría resultar autoimpuesta o inevitablemente trágica, todo ello desde el punto de vista artístico, claro. Una de ellas, molesta para el amante del gran cine, fue la desaparición del más extraño y heterodoxo cineasta de su generación, Juan Ricardo Miguel Zulueta Vergajauregui, conocido como Iván Zulueta. Dejó la palestra allá por la década de los ochenta y para algunos (como un servidor) dejó un testimonio lúcido y visceral de la naturaleza de todo creador cinematográfico en su obra maestra, Arrebato (1980).

Diseñador, cineasta, decorador, cartelista, músico, fotógrafo y mil cosas ha hecho nuestro amigo. Es conocido, sobre todo, por los carteles para películas de cineastas como Pedro Almodóvar, Manuel Gutiérrez Aragón, Jose Luis Garci o Jose Luis Borau. Siendo este último, el que mayor protagonismo ha tenido en la vida de Zulueta. Y es que allá, por la década de los sesenta, mientras Borau daba clases de guión en la Escuela Oficial de Cinematografía, entabló amistad con éste y pasó a convertirse en su mentor y amigo. Por supuesto, Iván no terminó bien (según se mire) en la E.O.C. Dirigió dos cortometrajes en 35mm como prácticas, Ágata (1966) e Ida y Vuelta (1967), y este segundo cortometraje no fue aprobado por el tribunal. Coincidiendo con los disturbios en la escuela que originan su clausura, Iván perdió la oportunidad de obtener su carné del sindicato de dircectores (imprescindible para poder firmar una película de forma "oficial" en tiempos del franquismo).


No obstante, de su colaboración con Jose Luis Borau, nació el programa televisivo Último Grito y durante más de un año Iván dio rienda suelta a todo lo que aprendió en su estancia en Nueva York. Entroncado con el Pop-Art, el Underground y el New American Cinema, su estilo se rinde a la psicodelia y más tarde rueda Un, dos, tres, al escondite inglés (1969), película que no se estrena hasta 1970 y no podrá firmar ya que no pertenece al sindicato. Bajo el sello de la productora de Borau, “El Imán”, Iván sigue experimentando durante la década de los setenta. Inicia su carrera como cartelista y empieza su obsesión por el dominio del “tiempo cinematográfico”. Con una truca, realiza cortometrajes como Masaje (1972) o Frank Stein (1972) y comienza dar frutos su novedosa percepción narrativa. Apoderándose de material desechado en 35 mm, continúa la búsqueda que triunfó en el Super 8 mm. King Kong (1971), Mi ego está en babia (1975), Aquaium (1975) o A malgam a (1976) son buena muestra de ello, de su alterada percepción de la realidad casi siempre embarcada en viajes psicotrópicos al universo de las drogas. Una técnica muy vista hoy día, sobre todo en videoclips y publicidad, pero que créanme, tiene entre sus máximos artífices al genial donostiarra.

Mientras trabaja como ayudante de dirección para Jaime Chavarri o Antonio Drove, consigue una cámara 16 mm que le permite llegar a una distribución comercial. De esta manera, su siguiente trabajo Leo es pardo (1976) fue presentado en el Festival de Berlín. El éxito de este cortometraje alimenta su inquietud y motiva el desarrollo de su proyecto más ambicioso, Arrebato. Con dinero de un arquitecto leonés, se presupuesta en 3 millones de pesetas y un plan de rodaje de 15 días. No obstante, el rodaje se alarga y su presupuesto se dispara. Ante la anarquía reinante en el rodaje y la falta de dinero, empezaron a abandonar los técnicos (la ausencia del equipo de sonido obligó a doblar la película), pero gracias a una providencial subvención salió adelante. Aún así, resultó un fracaso y su productor no recuperó el dinero debido al poco interés despertado en la taquilla. Y ese fue el comienzo del fin, un film maldito para un director maldito que abandonó un “mundillo” del que nunca formó parte, la derrota de un artista que entregó su alma, tanto al cine como a las drogas.


Pero, ¿qué convierte Arrebato en una importante “película de culto” nacional? Muy sencillo, que probablemente es unade las mejores películas de terror jamás realizadas. Los miedos de todo cineasta se adueñan de su metraje y adelantan premonitoriamente el final de su propio director. La adicción a la heroína que somete a quién se niega a sacrificar la infancia en busca de lucidez, la adicción por una cámara que exige la entrega absoluta del artista, tanto física como espiritual. Todo lo que convierte unos elementos anecdóticos en la “película de nuestra vida”. Al menos Iván Zulueta pudo morir afirmando que había la película de su vida, y es eso precisamente lo que nos permite renacer de nuestras cenizas.

Aunque mantuvo su popularidad como cartelista y diseñador, regresó a la dirección años más tarde. Dirigió Párpados (1989) dentro de Delirios de amor, un proyecto común de varios cineastas para TVE y Ritesti (1992) episodio de la serie Crónicas del mal, obras que confirmaron su innegable deseo de superación. Volvió a evidenciarlo al emplear técnicas experimentales como la refilmación en 35 mm de imágenes grabadas en video o la alternancia de formatos con portagonismo del 16 mm. En el 2004, Andrés Duque realizó el documental Ivan Zulueta y mostró a través de una agradable visita a la casa del director la ascética vida de un artista cercano y comunicativo. El reportaje respondía a algunos misterios sobre la obra del cineasta y mantenía abierto un final en el que el director grababa imágenes con una Handycam en el exterior de su casa, para muchos la esperanzada alegoría del regreso, la vuelta de quién puso nombre a la pasión de todo cineasta.

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