viernes, 21 de septiembre de 2012

Crítica: Dredd (Dredd 3D, 2012)




Pasados diecisiete años de la anterior versión, dirigida por Danny Cannon e interpretada por Sylvester Stallone, regresa a la gran pantalla el famoso personaje creado por John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra allá por 1977. Hollywood nos había aportado un trabajo profundamente irregular, en ocasiones ridículo, que permitía a su protagonista adueñarse de una identidad, poniendo rostro a un oscuro personaje que carecía de él. Excelentes aportaciones como la banda sonora de Alan Silvestri o la dirección artística no salvaban de la quema un producto que poco interés tenía en ser fiel a ese universo tan particular que habita el implacable juez.


Esta vez toca mover ficha desde el otro lado del charco, en terreno británico y sin tantas restricciones morales de cara a la taquilla. El director de Manchester Pete Travis, artesano con suficiente pericia narrativa como para responsabilizarse del proyecto nos ofrece una versión infinitamente más fiel, con un guión sin concesiones del novelista Alex Garland (“La Playa”), colaborador habitual del cineasta Danny Boyle. Estamos de enhorabuena en tanto que evitamos enfrentarnos a la inevitable dircursiva moral y sociológica del cine yanqui, a sabiendas de que únicamente con inventiva y mucho trabajo podrán suplir la ausencia de presupuesto (cuenta con unos 45 millones de dólares).


Dredd (2012) es una película bastante esquemática en su planteamiento argumental, que refleja la cotidianeidad de un representante de la justicia que debe evaluar un nuevo fichaje (a modo de "Buddy Movie"). Durante ese corto período, presentado casi en su totalidad a tiempo real (exceptuando la presentación de personajes y alguna elipsis) se nos muestran diferentes amenazas de esta Megacity 1, tanto a nivel colectivo (habitantes de esta urbe) como particular (frente a la cruel y apática "mamma" interpretada por Lena Headey). En capítulos bien diferenciados recorremos el interior del bloque Peach Trees, con 200 pisos que a diferentes alturas nos muestra variados niveles de amoralidad en una sociedad sin mucho atisbo de  humanidad. E ahí el verdadero protagonista de la cinta, reflejo arquitectónico de un infierno que se traga ajusticiados y enemigos de los jueces.


Lúgubre, claustrofóbica y violenta. Una buena muestra de nueva Serie B (según los presupuestos actuales), confeccionada con cierta adrenalina y deudora del Distrito 13 de John Carpenter, al igual que recientes propuestas de compañeros como Neil Marshall. Esperemos que la tibia respuesta del público permita la producción de una secuela, para que los amantes de la distopía punk y postapocalíptica podamos disfrutar otro festín de escatológica "justicia", que en la variedad está el gusto y de eso sabemos mucho los aficionados a la ciencia ficción.

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