miércoles, 8 de agosto de 2012

Una vida por delante (An Unfinished Life, 2005)




Si algo ha sabido hacer Hollywood, mejor que ninguna otra cinematografía, es agasajar a sus estrellas. Y no me refiero a las que dan la cara y firman autógrafos, sino a aquellas que mantienen viva la maquinaria, ofreciendo títulos de diferente calado, siempre dependientes de lo que exija la taquilla. Estos son los llamados "artesanos", cineastas que rara vez salen de su anonimato, manteniendo como sello su carta de presentación y pistoletazo de salida a una prolífica carrera. Se les nombra en prensa de manera intermitente, en cuanto lo requiera una "salida de tono" (films personales) o el marketing que despiertan los premios y festivales de todo el mundo. Ese es el caso del sueco Lasse Hallström, todo un profesional que llamó la atención de la industria norteamericana con su brillante película Mi vida como un perro (Mitt liv som hund, 1985) y ha sabido mantenerse en el candelero, siempre a base de trilladas fórmulas que gustan como el primer día y confirman su buen hacer como narrador.


A pesar de sus sugerentes primeros títulos, exquisiteces de la tragicomedia costumbrista como Querido intruso (Once Around, 1990) o ¿A quién ama Gilbert Grape? (What´s Eating Gilbert Grape?, 1993), el director sueco ha enriquecido su filmografía con films muy variados cualitativamente hablando. Año tras año mantiene su "status" jugando con un cine bastante emocional, que se debate entre esta variante costumbrista y una más calculada sensiblería, ofertando clichés que de manera automática despiertan interés y reportan máximos beneficios. Eso sí, no llega a perder su brío narrativo ni termina en lo errático, aporta inusuales joyas como Las normas de la casa de la sidra (The Cider House Rules, 1999) e intenta sacar partido a sus historias, confiando en la seriedad de la propuesta y el peso de sus actores. Algo que sucede, precisamente, en Una vida por delante (An Unfinished Life, 2005) película que sirve de puente entre estas dos variantes y aporta su granito de arena a todo un subgénero. Hablo de ese melodrama rural con aroma a western crepuscular que iniciaron cineastas como Martin Ritt (Hud, 1963) o Sam Peckinpah (Junior Bonner, 1972), que eclosionó a principios de los ochenta con títulos como Quiero ser libre (Coal Miner's Daughter, 1980) o Gracias y favores (1982), y se ha mantenido vivo con películas como Brokeback Mountain (2005) o esta que nos ocupa.


A pesar de la vacía e impersonal traducción al español de su título, esta "vida inacabada" trata de aquellos grandes temas que sólo pueden plantearse desde la empatía, manteniendo el pulso de los silencios y llevándonos de paseo a la intimidad de sus personajes. De ahí que el director lo haya dejado todo en manos de dos "gigantes" como Robert Redford y Morgan Freeman, jugando al marketing con una motivada Jennifer Lopez y despojando a la película de cualquier pretenciosidad. Su bienintencionada y algo reiterativa moraleja, así como determinadas concesiones lacrimógenas pueden impedirle alcanzar grandes cotas dramáticas, distanciándose por momentos del espectador más exigente, pero funciona en el terreno narrativo gracias a la pericia de Hallström. En ella todo funciona a nivel técnico, ya sean la fotografía o la banda sonora, sin caer nunca en la "postal" y consiguiendo al término de la sesión que los más facilones esbozamos una sonrisa. Saldrán contentos quienes escuchen aquello que querían oír, a menudo algún tema sobre la aceptación de los riesgos que conlleva nuestra frágil existencia, ya sea en el pasado o el presente y merecedor de un par de horas de reflexión.