lunes, 19 de agosto de 2013

Vídeo: La mirada de una actriz

Nuevo montaje de factoría propia sobre la historia del cine. En este caso dedicado a "las grandes", aquellas actrices que prescindiendo de la palabra pueden transmitir todo tipo de sentimientos.

jueves, 20 de junio de 2013

Vídeo: El factor humano en el cine

Os dejo un vídeo realizado en honor a aquellos títulos que a lo largo de la Historia del Cine han sabido acercarse a la naturaleza humana, con sus miserias y lucha por alcanzar el bienestar. La defensa de causas enfrentadas a la miseria del individuo, motivada por una lenta aplicación en el mundo de la Declaración de Derechos Humanos, ha encontrado un gran baluarte dentro de "El Séptimo Arte". Homenajeamos con esta pequeña aportación a aquellas películas que defienden algo tan imprescindible:


viernes, 21 de septiembre de 2012

Crítica: Dredd (Dredd 3D, 2012)




Pasados diecisiete años de la anterior versión, dirigida por Danny Cannon e interpretada por Sylvester Stallone, regresa a la gran pantalla el famoso personaje creado por John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra allá por 1977. Hollywood nos había aportado un trabajo profundamente irregular, en ocasiones ridículo, que permitía a su protagonista adueñarse de una identidad, poniendo rostro a un oscuro personaje que carecía de él. Excelentes aportaciones como la banda sonora de Alan Silvestri o la dirección artística no salvaban de la quema un producto que poco interés tenía en ser fiel a ese universo tan particular que habita el implacable juez.


Esta vez toca mover ficha desde el otro lado del charco, en terreno británico y sin tantas restricciones morales de cara a la taquilla. El director de Manchester Pete Travis, artesano con suficiente pericia narrativa como para responsabilizarse del proyecto nos ofrece una versión infinitamente más fiel, con un guión sin concesiones del novelista Alex Garland (“La Playa”), colaborador habitual del cineasta Danny Boyle. Estamos de enhorabuena en tanto que evitamos enfrentarnos a la inevitable dircursiva moral y sociológica del cine yanqui, a sabiendas de que únicamente con inventiva y mucho trabajo podrán suplir la ausencia de presupuesto (cuenta con unos 45 millones de dólares).


Dredd (2012) es una película bastante esquemática en su planteamiento argumental, que refleja la cotidianeidad de un representante de la justicia que debe evaluar un nuevo fichaje (a modo de "Buddy Movie"). Durante ese corto período, presentado casi en su totalidad a tiempo real (exceptuando la presentación de personajes y alguna elipsis) se nos muestran diferentes amenazas de esta Megacity 1, tanto a nivel colectivo (habitantes de esta urbe) como particular (frente a la cruel y apática "mamma" interpretada por Lena Headey). En capítulos bien diferenciados recorremos el interior del bloque Peach Trees, con 200 pisos que a diferentes alturas nos muestra variados niveles de amoralidad en una sociedad sin mucho atisbo de  humanidad. E ahí el verdadero protagonista de la cinta, reflejo arquitectónico de un infierno que se traga ajusticiados y enemigos de los jueces.


Lúgubre, claustrofóbica y violenta. Una buena muestra de nueva Serie B (según los presupuestos actuales), confeccionada con cierta adrenalina y deudora del Distrito 13 de John Carpenter, al igual que recientes propuestas de compañeros como Neil Marshall. Esperemos que la tibia respuesta del público permita la producción de una secuela, para que los amantes de la distopía punk y postapocalíptica podamos disfrutar otro festín de escatológica "justicia", que en la variedad está el gusto y de eso sabemos mucho los aficionados a la ciencia ficción.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una vida por delante (An Unfinished Life, 2005)




Si algo ha sabido hacer Hollywood, mejor que ninguna otra cinematografía, es agasajar a sus estrellas. Y no me refiero a las que dan la cara y firman autógrafos, sino a aquellas que mantienen viva la maquinaria, ofreciendo títulos de diferente calado, siempre dependientes de lo que exija la taquilla. Estos son los llamados "artesanos", cineastas que rara vez salen de su anonimato, manteniendo como sello su carta de presentación y pistoletazo de salida a una prolífica carrera. Se les nombra en prensa de manera intermitente, en cuanto lo requiera una "salida de tono" (films personales) o el marketing que despiertan los premios y festivales de todo el mundo. Ese es el caso del sueco Lasse Hallström, todo un profesional que llamó la atención de la industria norteamericana con su brillante película Mi vida como un perro (Mitt liv som hund, 1985) y ha sabido mantenerse en el candelero, siempre a base de trilladas fórmulas que gustan como el primer día y confirman su buen hacer como narrador.


A pesar de sus sugerentes primeros títulos, exquisiteces de la tragicomedia costumbrista como Querido intruso (Once Around, 1990) o ¿A quién ama Gilbert Grape? (What´s Eating Gilbert Grape?, 1993), el director sueco ha enriquecido su filmografía con films muy variados cualitativamente hablando. Año tras año mantiene su "status" jugando con un cine bastante emocional, que se debate entre esta variante costumbrista y una más calculada sensiblería, ofertando clichés que de manera automática despiertan interés y reportan máximos beneficios. Eso sí, no llega a perder su brío narrativo ni termina en lo errático, aporta inusuales joyas como Las normas de la casa de la sidra (The Cider House Rules, 1999) e intenta sacar partido a sus historias, confiando en la seriedad de la propuesta y el peso de sus actores. Algo que sucede, precisamente, en Una vida por delante (An Unfinished Life, 2005) película que sirve de puente entre estas dos variantes y aporta su granito de arena a todo un subgénero. Hablo de ese melodrama rural con aroma a western crepuscular que iniciaron cineastas como Martin Ritt (Hud, 1963) o Sam Peckinpah (Junior Bonner, 1972), que eclosionó a principios de los ochenta con títulos como Quiero ser libre (Coal Miner's Daughter, 1980) o Gracias y favores (1982), y se ha mantenido vivo con películas como Brokeback Mountain (2005) o esta que nos ocupa.


A pesar de la vacía e impersonal traducción al español de su título, esta "vida inacabada" trata de aquellos grandes temas que sólo pueden plantearse desde la empatía, manteniendo el pulso de los silencios y llevándonos de paseo a la intimidad de sus personajes. De ahí que el director lo haya dejado todo en manos de dos "gigantes" como Robert Redford y Morgan Freeman, jugando al marketing con una motivada Jennifer Lopez y despojando a la película de cualquier pretenciosidad. Su bienintencionada y algo reiterativa moraleja, así como determinadas concesiones lacrimógenas pueden impedirle alcanzar grandes cotas dramáticas, distanciándose por momentos del espectador más exigente, pero funciona en el terreno narrativo gracias a la pericia de Hallström. En ella todo funciona a nivel técnico, ya sean la fotografía o la banda sonora, sin caer nunca en la "postal" y consiguiendo al término de la sesión que los más facilones esbozamos una sonrisa. Saldrán contentos quienes escuchen aquello que querían oír, a menudo algún tema sobre la aceptación de los riesgos que conlleva nuestra frágil existencia, ya sea en el pasado o el presente y merecedor de un par de horas de reflexión.

jueves, 19 de abril de 2012

Crítica: Los Muppets (The Muppets, 2011)



Los Muppets (conocidos como Teleñecos en España) han ido evolucionando con los años, desde su primera aparición en la televisión británica a mediados de los setenta con su Muppet Show hasta el estreno de este nuevo largometraje. El punto de inflexión vino marcado por el fallecimiento de su insigne creador, Jim Henson, hace más de veinte años. Aunque los títeres más populares del mundo nacieron de su absurda concepción del humor, siempre contestatario, desprejuiciado y plagado de referencias artísticas y sociales, con el paso de los años se han tenido que adaptar a una sociedad que entiende como infantil la propuesta y lidia con una nueva corriente de puritanismo. Ya en 1992, por el bien de la franquicia, su heredero Brian Henson coprodujo con la Disney el cuarto largometraje, Los Teleñecos en Cuento de Navidad (The Muppet Christmas Carol), adaptando ligeramente su naturaleza anárquica a una visión más ingenua y sentimental. Todo por resucitarlos en la pequeña pantalla con la serie Muppets Tonight (última muestra de su irreverencia) y sacar adelante algunos proyectos hasta su casi desaparición en la irregular Los teleñecos en el espacio (Muppets from Space, 1999) y algunos especiales de televisión. Hasta que en el año 2004 consiguió la Disney hacerse con los derechos de explotación, con el fin de sacarle partido al merchandising y la distribución de algunas películas, teniendo que formalizar la unión con un nuevo largometraje para cines.


Este film nace por tanto como reivindicación de una forma de entretenimiento algo olvidada en estos tiempos de saturación digital y nuevas tecnologías. Al menos así se lo han planteado sus guionistas. Jason Segel, impulsor (e intérprete) del proyecto junto a un colaborador habitual, el cineasta Nicholas Stoller, ha desarrollado una historia que despierte interés en las nuevas generaciones y apoyo de los nostálgicos. En primera instancia es un gran acierto, pero no deja de chocarnos el rescate de unos personajes que nunca naufragaron ni dejaron de estar presentes en los medios. Parece más una mitificación forzada y poco necesaria con fines comerciales, aunque afortunadamente no entorpece la trama, da pie al homenaje y añade un elemento crepuscular siempre emotivo. En este caso, son los Muppets quienes deben encontrase (o reencontrarse) a sí mismos en un mundo que no entiende aquellos valores que sin pregonarse enriquecieron a quienes crecieron con ellos. Su único lastre en mi opinión es la visión harto dulcificada de sus protagonistas, el trío formado por Jason Segel, Amy Adams y el títere Walter, obviamente meditada y acorde con este musical pretendidamente rancio (con algunas buenas canciones como "Man or Muppet"), aunque desconozco la manera en que se beneficiaba de ello este reencuentro con la mítica serie, tanto como de la discutible cantidad de temas musicales empleados para ello (algunos fuera de contexto). Muchos de estos elementos resultan  innecesarios en cuanto tenían ideado un divertidísimo y absurdo rollo final que superponía paralelamente a la trama principal un show de nuestros amigos.


Lo mejor de la función es verlos de nuevo cruzando la calle, conduciendo vehículos y relacionándose con personajes de carne y hueso (inclusive los imprescindibles cameos). La máxima de Jim Henson de entrecruzar fantasía y realidad, que había desaparecido en sus últimos trabajos, se agradece en los tiempos que corren. Y hablo en serio si digo que su pluralidad psicológica sigue intacta, aunque algunos personajes queden algo deslavazados por cuestiones de metraje. Se echa de menos la presencia y trascendencia del mítico Gonzo, relegado a personaje secundario, como algunos personajes de la "etapa Brian Henson" como la Rata Rizzo o el langostino Pepe, algo ininteligible y arbitrario. Mantienen aún así su sentido del humor, se ríen de sí mismos (y de nosotros) y juegan a hacer películas con noción de su naturaleza ficticia (a veces llegan a alterar el montaje y hablar de giros en el guión). Sobra decir que muchos fans (me incluyo, obviamente) lo validamos frente al definitivo regreso a "primera división" de este universo tan colorido y dinámico obra de un genio del entretenimiento, aunque sea de la mano del Muppet Studio creado por Disney y no de mi amada Factoría Henson, cuya fidelidad a su preceptos originarios la enfrenta actualmente a la extinción. Ahora los titiriteros son otros, llevan corbata y nos hacen creer que son los buenos, poniendo como malvado a un magnate del petróleo, aunque sea con la cara de un gran actor como Chris Cooper.

domingo, 1 de abril de 2012

Crítica: El Lórax, en busca de la trúfula perdida (Dr. Seuss' The Lorax, 2012)




Hasta su fallecimiento, el escritor y caricaturista estadounidense Theodor Seuss Geisel cedió derechos de explotación en contadas ocasiones. Al también llamado Dr. Seuss le preocupaba que estropearan el mensaje o la estética de su obra con fines exclusivamente comerciales. Únicamente cineastas que apreciaba personalmente, como Ralph Bakshi o Chuck Jones (amigo y compañero de guerra), o compañías como la Warner o la UPA pudieron adaptar algunas de sus historias. Su bibliografía (con cerca de sesenta creaciones infantiles), adorada por el lector norteamericano, se adaptó siempre para cortometrajes y especiales de TV. Posteriormente, tras su fallecimiento, Audrey Geisel, su viuda, permitió su salto a la pantalla grande con El Grinch (2000) de Ron Howard, todo un éxito entre los más pequeños, desconocedores de que lo único realmente destacable de la película nacía de la mente del Dr. y la inventiva de Chuck Jones, del que copiaba algunas ideas de su magistral adaptación de 1966. Tras el fracaso de El gato (The Cat, 2003) de Bob Welch, nula traslación cinematográfica de "el gato del sombrero", la viuda permitió exclusivamente las adaptaciones animadas. Desde entonces (exceptuando la TV) se han cedido dos licencias, una a los estudios Blue Sky (responsable de Ice Age) y de la que nació la deliciosa Horton (Horton Hears a Who, 2008), y la que nos ocupa, a la productora Illumination, avalada por el éxito de Gru, mi villano favorito (Despicable Me, 2010).


No pienso entrar en disertaciones sobre su mensaje principal, a nivel político ni económico (bastante tuvimos con el trasfondo metafísico y religioso de Horton). La reflexión ecologista e industrial de El Lórax (2012) siempre será debatida por aquellos adultos que no pueden prescindir durante unos minutos de su cotidiana problemática, alimentando la creciente y sórdida paranoia que últimamente enturbia cada producto destinado a los niños. El mensaje deberíamos dejarlo en manos del Sr. Geisel, los creadores de la película y el espectador, único interesado que de manera personal y subjetiva aceptará la propuesta según preferencias y posicionamientos morales. Hablemos del guión, por ejemplo. Suponiendo que podrían emular a los guionistas de Horton, han intentado alargar un relato tan corto mediante tramas secundarias y juegos narrativos. Han metido una película dentro de otra, cuya principal historia se narra a modo de "flashback" y se estructura en tres partes (como los tres días en que se desarrolla). Y ahí tenemos ya una parte del problema, pues a pesar de su compleja estructura, no dejan de desarrollar secuencias prescindibles, eluden la más esencial elipsis y juegan "al gato y el ratón" con los pequeños, llenando de humor facilón ciertos pasajes y cargando tintas en una duración que se me antoja larga más allá de la hora (la película dura 94 minutos). Como musical puede incomodar a sus detractores. Aunque las canciones se nos presenten en los momentos clave de la narración y las composiciones de John Powell sean impactantes, nacen con poca fluidez y no encajan en el tono general, principal defecto de la película. Pero esos son en mi opinión los únicos reproches, ya que la animación es excelente, el universo de Seuss se revitaliza y el mensaje se actualiza con sincera devoción.


A nivel formal impresiona, contiene momentos únicos (la fábula de The Once-Ler y el Lórax es brillante) y sus personajes tienen gancho (esos Ted y Audrey basados en el matrimonio Geisel). No peca de simplismo, pero quienes necesiten buscar respuesta a todo lo que ven, sin dejarse embaucar por el universo gratuito, desenfadado y absurdo de su creador, se moverán más en su butaca que un niño en una película de "arte y ensayo". Recomendable, por tanto, para niños que no verán insultada su inteligencia y amantes de la narrativa infantil, el resto vean bajo su responsabilidad esta película entrañable que pasará a engrosar dignamente el listado de adaptaciones de este peculiar universo nacido de la pluma del Dr. Seuss. Un mundo al que esperamos no dejen de recurrir los creativos del cine de animación, infantil o simplemente evasivo, siempre interesados en que contengan más texto los espacios que las palabras.

domingo, 25 de marzo de 2012

La tostadora valiente (The Brave Little Toaster, 1987)



¿Os habéis preguntado qué ocurre con los proyectos desechados por las grandes productoras? A menudo se guardan en el trastero, ya sean guiones, diseños o material filmado, y en otros casos se terminan vendiendo a productoras de menor calibre, necesitadas de algo vendible en las ligas menores. Este es el caso de La tostadora valiente (The Brave Little Toaster, 1987). Resulta interesante descubrir que en la red algunos se preguntan el motivo de que este título no figure en el catálogo Disney, mientras otros se burlan alegando que la productora nunca haría algo así, siendo un proyecto totalmente ajeno que únicamente distribuyen. Pues bien, ambos se equivocan y al mismo tiempo tienen parte de razón. Los derechos cinematográficos de esta pequeña novela escrita por Thomas M. Disch fueron comprados por los estudios Disney en 1982, dos años después de su aparición en prensa. John Lasseter (posterior fundador de la Pixar Animation), entre otros y por entonces creativo en la Disney, decidió hacerse cargo del proyecto, pero todo su entusiasmo y trabajo se topó con la negativa de los principales ejecutivos. La película fue rechazada debido a los costes que supondría su realización (pretendían emplear una novedosa técnica que mezclara animación con fondos creados por ordenador) y una concepción equívoca según ellos, con objetos inanimados como protagonistas (paradójicamente, cuatro años antes del estreno de La bella y la bestia). Cancelaron el proyecto, menospreciaron toda idea de Lasseter (mandándole a su casa) y cedieron el proyecto a la productora Hyperion, propiedad de antiguos empleados de la factoría. Menuda vista la de estos señores, rechazando el germen del futuro y triunfal universo Pixar y una de sus franquicias más rentables, Toy Story.


Por tanto estamos ante una película pequeña, de bajo presupuesto. Tan bajo que la Hyperion necesitó apoyo de productoras taiwanesas y japonesas para cerrar la producción. La precipitación y mescolanza de estilos se nota, sus diseños y fondos van desde la exquisitez más absoluta, como el trazo de los protagonistas (sobre todo "Radio", el flexor "Lampy" y la mantita Blanky") al "apañado" y descuidado cuerpo de algunos personajes secundarios (como los aparatos que aparecen enclaustrados en un taller eléctrico). No es de extrañar, sólo con leer el rodillo final de los créditos veremos que los responsables de muchos diseños son importantes creativos y artistas de la Disney como Kirk Wise, Chris Wahl, John Norton o Kevin Lima. Imagínense, menuda labor de orfebrería tuvo que desempeñar su director Jerry Rees, poco antes de ser definitivamente relegado por los jefazos con el fracaso de su siguiente película, Ella siempre dice sí (The Marrying Man, 1991). Igualmente el proyecto se convirtió por necesidad en musical. Las pocas canciones compuestas por Van Dyke Parks están bien, pero se desarrollan sin mucha fluidez, destacando como mítica rareza el último tema titulado Worthless ("Inútil"), existencial aproximación a la idea de la muerte para los más pequeños. Dentro de este género patina un poco, incluso en una secuencia, la de los animales en el bosque, con la que pretendían emular sin fortuna los números musicales al uso, aunque con cierto tono de parodia y apoyando la ejemplar banda sonora de David Newman, melancólica y naturalista, uno de los mayores aciertos del film. 


A pesar de semejantes desventajas fruto de su escasa producción y vaivén de artistas, el resultado es notable. El guión sale airoso en muchos aspectos. El perfil psicológico de sus personajes juega con matices muy apropiados consiguiendo que algunos de ellos, como "Radio" o "Lampy", resulten siempre divertidos y complejos. El relato se divide en tres partes muy diferenciadas. La primera, que se desarrolla en el interior de una cabaña abandonada, es brillante, muy elaborada, sugerente y cargada de emoción. Posteriormente, una vez que salen al exterior, entran en contacto con la naturaleza y asistimos a la característica "road movie" infantil con reflexiones sobre la amistad y el sacrificio, capítulo que viene a desembocar en un desenlace más oscuro, que acontece en la gran ciudad y nos habla sobre el consumismo y la demanda de necesidades autoimpuestas. Sobra decir, que muchos elementos de la película ideados por John Lasseter influirían en la saga Toy Story. Vale que identifiquemos a "Lampy" con el "Luxo Jr." de la Pixar (corto realizado en ese momento), pero es que cada entrega de la franquicia bebe de esta pequeña película. El dueño de los electrodomésticos es idéntico (psicológicamente) a Andy, el dueño de Woody y compañía, siempre cuidadoso e interesado en sus posesiones y en edad universitaria, como éste en la tercera parte, secuela para la que tomarían igualmente una secuencia en la trituradora de basura. La secuencia del taller eléctrico tiene misma estructura que aquella de la primera parte en la que los juguetes huían de su sádico vecino, y estos personajes inanimados que demuestran de qué "madera" están hechos durante la aventura mucho tienen que ver con los juguetes de la saga, incluso en la necesidad de estar con su legítimo dueño, con sus recuerdos a modo de flashback y sus pesadillas (muy sugerente la del payaso que persigue a la tostadora mientras una oscura humareda secuestra a su amigo). Sólo quedaba añadir algunos elementos del especial navideño The Christmas Toy que Jim Henson produjo en 1986 y Lasseter, siempre inteligente y sincrético daría con la fórmula.


Quienes se criaron con esta pequeña joya, al igual que los estudiosos del cine de animación, no dudan de su influencia en posteriores trabajos. Muchos adoran esta película que con el paso de los años ha adquirido mayor relevancia, llegando incluso a tener las típicas y prescindibles secuelas destinadas al formato doméstico, The Brave Little Toaster to the Rescue (1997) y The Brave Little Toaster Goes to Mars (1998). Por otra parte, quienes opinen que "una tostadora no habla" o consideren imprescindible el barroquismo hiperrealista de la animación actual podrían decepcionarse, pensando en lo que pudo ser y nunca en lo que podría aportarnos una obra tan sincera y humilde.