martes, 28 de febrero de 2012

La sirenita (The Little Mermaid, 1989)



A finales de la década de los ochenta, la factoría Disney había relegado parte de la producción a su filial Silver Screen Partners para sacar adelante, junto a la Touchstone Pictures, varios films de imagen real y alguno de animación. Aún así se confirmaba, tras el fracaso de Oliver y su pandilla (1988), que la época dorada de la productora quedaba muy lejos. Disney perdía sofisticación, parte de su magia y sobre todo la capacidad de sorprender al público. En ese panorama, decidieron entregar un proyecto bastante ambicioso al productor y letrista Howard Ashman y el compositor Alan Menken, una adaptación del relato La pequeña Sirena de Hans Christian Andersen. El tándem había demostrado sobradamente su talento en Broadway y películas como La pequeña tienda de los horrores (1986) de Frak Oz.


Como era de prever, ambos se involucraron de lleno en un proyecto que les entusiasmaba. Howard Ashman se aplicó en labores de producción, guión (diálogos adicionales) y rediseñó todo el proyecto (rehaciendo sus directores John Musker y Ron Clements los storyboards), ya que en un principio no se había ideado como musical. La intención de estos artistas era la de renovar el concepto clásico que sobre los “cuentos de hadas” había proporcionado tantas alegrías a la Disney allá por los cincuenta. Huelga decir que no solo lo consiguieron, dejando boquiabiertos a público y crítica, sino que dieron el pistoletazo de salida a una nueva época dorada, tanto para la Disney como para el cine de animación en general.


Estamos ante una historia ágil, que desde el principio, con la canción coral de los marineros y la presentación del príncipe en un sugerente prólogo, nos embarca en un maravilloso viaje a las profundidades. Un lugar donde fastuosas celebraciones de la corte no despiertan el interés de la principal protagonista, Ariel, hija del Rey Tritón (primera heroína sensual e independiente de la Disney). La joven, con la complicidad de sus amigos, el pez Flounder y la gaviota Scuttle, vive fascinada por el mundo de los humanos, llegando incluso a enamorarse perdidamente de uno de ellos. Únicamente la bruja Úrsula la ayudará en semejante conquista, aunque sea para aprovecharse de ella y alcanzar sus ambiciosos objetivos. Como puede apreciarse, se trata una historia muy básica, deudora de la estructura empleada en films como Blancanieves (1938) o La Bella durmiente (1959), pero consigue adaptarse a los nuevos tiempos relatándose con fluidez, sutil insinuación y grandes dosis de humor.



Otra cosa es hablar de su planteamiento visual. Técnicamente es perfecta y mezcla con facilidad pasmosa todo tipo de tendencias, siempre bajo el canon clásico de la productora. Secuencias de acción de brillante montaje como la del ataque del tiburón (calcada años más tarde en Buscando a Nemo) se alternan con vistosos y coloridos números musicales, siempre estructurados según los personajes. Las canciones son increíbles, desde la antológica coreografía Under the Sea del cínico Sebastián (responsable del posterior y más romántico Kiss the Girl) el espectador espera cualquier cosa. La tétrica canción Poor Unfortunate Souls de Úrsula, la íntima melodía Part of Your World de Ariel (estructurada en tres partes según fases del enamoramiento) o los temas corales del prólogo y el epílogo (marca de la casa) están donde deben estar, donde no sobran ni faltan canciones.


Las secuencias se cierran con fuerza dramática, marcando giros y matizando la psicología de sus personajes, nada esquemáticos. El mismo Sebastián pasa de ser un chivato estirado a apoyar la causa de Ariel, entendiendo sus deseos de una vida mejor. La mala es única, irrepetible, a la altura de Maléfica (La Bella Durmiente) o Cruella de Vil (101 Dálmatas), más parecida a una "reinona" decadente y envidiosa que clama al cielo por recuperar la fama perdida (habla de su vuelta a palacio), siempre manipulando a sus ingenuas víctimas. La estructura narrativa es impecable, el guión se balancea con sofisticación entre elementos de la comedia absurda (entiéndanse los delirios de la gaviota), el slapstick (Sebastián entreteniendo a los pequeños durante las canciones y su enfrentamiento con un cocinero) y la comedia romántica, respetuosa con la inteligencia del público y el material original (jugando sutilmente con la insulsa "ceguera" del personaje masculino).


Mucho más se podrá decir sobre esta obra maestra de la década de los ochenta, que impulsó una nueva forma de entender en cine familiar. Cuestión de tiempo que su artífice Howard Ashman, gracias a una verdadera aportación económica de la Disney, nos regalara su "canto del cisne". El siguiente capítulo de esta historia, dos años más tarde, alcanzó dimensiones épicas con el estreno de La Bella y la Bestia (1991), pero esa es otra historia. Probablemente más compleja, elaborada y ambiciosa, pero nunca tan inesperada y fresca como esta pequeña película.

domingo, 26 de febrero de 2012

Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free, 1947)




Durante la Segunda Guerra Mundial pudo la factoría Disney salir adelante. Un contrato firmado con las fuerzas armadas de EEUU le permitía producir cortometrajes de corte propagandístico, aunque frustró sus intenciones de crear otro tipo de producciones. Prácticamente requisada su plantilla y metida de lleno en ese formato se pudieron desarrollar algunas ideas, inicialmente ideadas como largos, pero nada definitivo hasta que finalizara el conflicto bélico. Cuando esto sucedió pudieron sacar adelante algunos films denominados "películas-paquete" que recopilaban estos proyectos inconclusos. Así pudieron estrenar films como Make Mine Music (Música Maestro, 1946) y la que nos ocupa, estrenada en 1947 bajo el título Las aventuras de Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free), también llamada en América Latina Diversión y Fantasía.


La estructura es muy sencilla, con un único personaje como nexo de unión entre dos historias de corte muy diferente. El maestro de ceremonias, personaje ya conocido, es Pepito Grillo (Jimini Cricket). Con la voz de un famoso showman de la época, Cliff Edwards, inicia un paseo al son del tema que da nombre a la película y allana una morada para alimentar las esperanzas de dos muñecos inanimados pero con semblante triste. De ahí que éste decida sacar de su envoltorio un disco de Dinah Shore (popular cantante, también en nómina), grabación del material previo destinado a la primera historia, la del pequeño osezno Bongo. En ella se nos habla de un personaje encerrado en una jaula de oro, estrella de un número circense que ansía vivir en plena naturaleza. La instintiva llamada motivará su fuga a un medio desconocido, maravilloso pero repleto de peligros y necesidades. Hasta ahí todo bien, a excepción de un interminable número musical en el que la acción se estanca por completo. Este bache supera con la aparición de LuLuBelle, de la que se enamora perdidamente el protagonista (con irónica y brillante plasmación visual en rosa), por la que decidirá enfrentarse a convencionalismos sociales y la dura competencia de un oso brabucón y violento. Un mediometraje realmente exquisito, pero afectado por una visión musical excesivamente contemplativa que estropea lo que podría haber sido una completa obra maestra, principalmete por la brillante plasmación en el  papel del oso Bongo.


La segunda parte comienza en el momento en que Pepito decide asistir a una fiesta muy particular, fundiéndose el personaje con una secuencia de imagen real. En ella, un ventrílocuo cincuentón, acompañado de dos marionetas hiperrealistas (Charlie y Mortimer, personajes de algún que otro corto de la productora) celebran el cumpleaños de una niña, la pequeña Luana Patten de La canción del Sur (1946), sin compañía de padres ni amigos ¿os imagináis mayor pesadilla? En aquella época podría despertar mucho interés el ventrilocuo Edgar Bergen (padre de Candice Bergen) y sus muñecos, pero pasados los años la secuencia se nos antoja algo sórdida, poco fluida y más acorde con la narrativa televisiva. No obstante, eso deja de preocuparnos en cuanto dan pie a la segunda historia, la impecable joya animada Mickey y la judías mágicas. En dos ocasiones se había enfrentado Mickey Mouse al gigante (en anteriores cortometrajes), pero el obsesivo perfeccionismo de Walt Disney alcanzaba su objetivo en esta ocasión. Gracias a este mediometraje los principales personajes de la factoría, Mickey Mouse, Donald y Goofy, pudieron protagonizar su primer largometraje (exceptuando la intervención de Mickey en Fantasía de 1940). La narrativa sería perfecta si no fuera por las continuas interrupciones de las dichosas marionetas, que aunque con cierta ironía, lastran el potencial de la historia. De ahí que, precisamente años más tarde se remontara este magistral trabajo en formato cortometraje con la narración animada de Ludwing Von Drake (Ludwing Von Pato), personaje presente a día de hoy en el programa televisivo La casa de Mickey Mouse y que se acompaña del grillo Herman, permitiendo a los animadores aprovechar las tomas ideadas para Pepito décadas atrás. Eso sí, sin las molestas interrupciones y compartiendo el final de la película, en el que el gigante Willy irrumpe en la casa antes de pasearse por medio Hollywood.


Esta "película-paquete", algo irregular pero justificadamente valorada, permitió a Walt Disney reciclar trabajos desechados durante la guerra y centrarse en proyectos más ambiciosos como La Cenicienta (1950), que años más tarde les permitió triunfar en la taquilla y recuperar el reconocimiento artístico y técnico necesario para emprender la década más fructífera y brillante de su historia.



sábado, 25 de febrero de 2012

Crítica: The Thing (2011)




Con el paso de los años, ante la inevitable necesidad de repetir éxitos pasados y calcar ideas, los norteamericanos, mediante métodos de "ensayo y error" han conseguido dominar la técnica. Desde aquellos estrepitosos fracasos comerciales, como el de Gus Van Sant cuando calcó plano por plano el Psicosis del maestro Hitchcock, ha llovido mucho. Ahora se exige a los cineastas que sean más sutiles a la hora de idear "remakes encubiertos" con los que evitar la tirria de aquellos espectadores que encuentran innecesaria la relectura de lo que ya estaba bien desde un principio. Grandes "marrones" de los que no se libran cineastas noveles como Matthijs Van Heijningen Jr. cuando se les llama para realizar la precuela de la obra maestra que en 1982 dirigió John Carpenter, precisamente el mejor remake perpetrado en toda la historia del cine, en este caso de El enigma de otro mundo (The Thing from Another World) producido por Howard Hawks en 1951).


Al comienzo, la presencia del logo Universal Pictures de los ochenta nos anticipa lo que vamos a ver. Queda clara la intención de recrear con la mayor fidelidad posible la estética y planteamientos de ese otro cine ya caído en desuso. Y en parte lo consiguen. Una fotografía en scope ligeramente desaturada, subexpuesta, nos pone en situación y presenciamos hechos presentes en nuestra imaginación, creados a partir de lo visto en el film de 1982. Semejante concepto despierta la curiosidad del cinéfilo y será responsable de que muchos salven este título de la quema y le permitan formar parte de sus vidas a partir de ahora. Unas veces funciona y otras no, pero permite la complementariedad con su secuela, al menos en la medida que se lo permiten los nuevos tiempos.


En la actualidad el cine confunde el miedo con el terror y la acción con el dinamismo, y eso se nota en esta película. La criatura se nos muestra demasiado (incluso su nave), alimentada por tendencias del "horror movie" actual como la animalización y la estridencia sonora. Todo un descuido de los creadores, ya que la recordábamos sigilosa, observadora (con ojos de un Alaskan Malamute) en cuanto se anticipaba a sus víctimas, siempre buscando mejor momento para iniciar el contacto. En esta entrega, nos la encontramos casi siempre en plena fase de transformación y eliminación de sujetos. Igualmente, en la necesidad de contar cuanto sucedió en tan poco espacio de tiempo, deja algo desdibujados unos personajes con los que no empatizamos, restando interés al conjunto y dejando en suspenso un clímax de mayor claustrofobia y paranoia que en manos de Carpenter alcanzó la brillantez.


A pesar de ello, cuando termina su visionado, nacen nuevas ganas de revisitar la obra maestra de Carpenter. Admitámoslo, eso es bueno. La presencia del tema central de Morricone en el score compuesto por Marco Beltrami (más que digno), enlazando las historias, me hace olvidar ciertas imperfecciones de guión y tratamiento para sentir durante unos segundos la cercanía de un relato aún más estremecedor, todo un objetivo para cualquier precuela que se precie. Claro que el personaje interpretado por Mary Elizabeth Winstead queda falto de carisma ante el mítico Kurt Russell, claro que no hemos sentido la mitad de desazón ni vacío existencial que nos despertó la impecable planificación de un cineasta único en su mejor momento, eso lo daba por sentado nada más empezar la proyección. Lo que nos preguntamos es si puede esta película formar parte del relato, complementarlo o enriquecerlo, y en ese sentido considero que sale airosa. Meta que visualizaron sus artífices mientras la ideaban, afortunadamente para la imaginería colectiva y el cinéfilo nostágico.

miércoles, 15 de febrero de 2012

La Cenicienta (Cinderella, 1950)



A finales de los cuarenta, Walt Disney estaba al borde de la quiebra. No había tenido un verdadero éxito desde el estreno de Blancanieves (1937), primer largometraje animado de Hollywood. La taquilla generada por Dumbo (1941) o Bambi (1942), sólo venía a saldar deudas adquiridas en ambiciosos “pinchazos” como Pinocho (1940) y Fantasía (1940). Durante ese período había subsistido gracias a los encargos propagandísticos del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, al apoyo por la iniciativa de buena voluntad con América Latina del presidente Roosevelt conformada por Saludos Amigos (1942) y Los tres caballeros (1944), y finalmente, con el estreno de películas que recopilaban cortometrajes como Música Maestro (1946) y Tiempo de melodía (1948).


Si querían salir adelante debían dar “el todo por el todo” y jugársela a una sola carta con un proyecto ambicioso, esperando que arrasara en taquilla y les devolviera cierta solidez económica. Por todo ello inauguraron una nueva década y nueva etapa con La Cenicienta (1950), impulsados por su merecido éxito de público y crítica. Tal fue el reconocimiento, que llegaron a ganar premios especiales en importantes Festivales de Cine como Venecia y Berlín, casi nada. Y eso que la fórmula era bien sencilla, buscaron fusionar la animación realista de Blancanieves, nacida de los cuentos clásicos, con el divertimento cómico y familiar de sus cortometrajes, principalmente de las Silly Simphonies (Sinfonías Tontas). De esa manera, idearon dos líneas narrativas que se entrecruzaban, la relación de Cenicienta con su familia y la de los animales de la casa con el manipulador gato Lucifer. Dos formas de entender la animación que confluyen en un final mítico, plagado de suspense, que cierra un elemento común, el triunfo de los débiles frente al avasallamiento, siempre con autodeterminación y sacrificio.


El público se sorprendió por la sofisticación de su heroína, bondadosa pero decidida. Un personaje con criterio propio que sarcásticamente llama “Ruiseñor” a una de sus hermanas. El eclecticismo de la propuesta mezclaba el Slapstick en las secuencias de los animales, la sátira en el palacio real y el drama vivido por Cenicienta, que alcanza su clímax cuando sus hermanas le arrancan el vestido. La madrastra, como todos los personajes malvados del Disney clásico, es todo un prodigio de diseño. Su expresividad alerta en todo momento e intimida al espectador, como cuando decide encerrar a su hijastra para que no se pruebe el zapato de cristal. A ella le debemos las pocas muestras de expresionismo que salpican una narración que por el contrario no teme jugar con metáforas visuales como la de las pompas de jabón que multiplican la imagen de su protagonista. El punto optimista, anticipado para evitar que nazca el desencanto en los más pequeños, lo pone un hada madrina algo despistada que da pié a la secuencia más poética y romántica de la película, la del baile. Impagable la entrada de Cenicienta, ante la atónita mirada del príncipe y sus soldados, mientras el Duque de manera cínica pone en tela de juicio la existencia del amor romántico.


La cenicienta era la película favorita de Walt Disney por muchos motivos. En ella trabajaron las vacas sagradas de la productora, los llamados “nueve genios” de Disney, formados en diferentes escuelas, que representaban pasado y futuro de la factoría. Era la primera vez que sacaban al mercado discográfico una de sus bandas sonoras, en este caso ideada para tal fin y figurando en el número uno de las listas. Además, pudo fusionar las dos vertientes del cine de animación de la época cumpliendo el sueño del productor, despertar la risa y experimentar con la imagen mientras se aporta credibilidad intelectual al producto final. Todo ello con la inevitable traslación de su principal obsesión, la transformación. Su creador, de orígen humilde, sabía lo que supone alcanzar la grandeza con perseverancia y grandes dosis de creatividad , como sus personajes. Es así como consiguió dar con la fórmula idónea, aquella que convierte los sueños en realidad.

lunes, 13 de febrero de 2012

Iván Zulueta (1943-2009)


Existen cineastas cuya “desaparición” pública podría resultar autoimpuesta o inevitablemente trágica, todo ello desde el punto de vista artístico, claro. Una de ellas, molesta para el amante del gran cine, fue la desaparición del más extraño y heterodoxo cineasta de su generación, Juan Ricardo Miguel Zulueta Vergajauregui, conocido como Iván Zulueta. Dejó la palestra allá por la década de los ochenta y para algunos (como un servidor) dejó un testimonio lúcido y visceral de la naturaleza de todo creador cinematográfico en su obra maestra, Arrebato (1980).

Diseñador, cineasta, decorador, cartelista, músico, fotógrafo y mil cosas ha hecho nuestro amigo. Es conocido, sobre todo, por los carteles para películas de cineastas como Pedro Almodóvar, Manuel Gutiérrez Aragón, Jose Luis Garci o Jose Luis Borau. Siendo este último, el que mayor protagonismo ha tenido en la vida de Zulueta. Y es que allá, por la década de los sesenta, mientras Borau daba clases de guión en la Escuela Oficial de Cinematografía, entabló amistad con éste y pasó a convertirse en su mentor y amigo. Por supuesto, Iván no terminó bien (según se mire) en la E.O.C. Dirigió dos cortometrajes en 35mm como prácticas, Ágata (1966) e Ida y Vuelta (1967), y este segundo cortometraje no fue aprobado por el tribunal. Coincidiendo con los disturbios en la escuela que originan su clausura, Iván perdió la oportunidad de obtener su carné del sindicato de dircectores (imprescindible para poder firmar una película de forma "oficial" en tiempos del franquismo).


No obstante, de su colaboración con Jose Luis Borau, nació el programa televisivo Último Grito y durante más de un año Iván dio rienda suelta a todo lo que aprendió en su estancia en Nueva York. Entroncado con el Pop-Art, el Underground y el New American Cinema, su estilo se rinde a la psicodelia y más tarde rueda Un, dos, tres, al escondite inglés (1969), película que no se estrena hasta 1970 y no podrá firmar ya que no pertenece al sindicato. Bajo el sello de la productora de Borau, “El Imán”, Iván sigue experimentando durante la década de los setenta. Inicia su carrera como cartelista y empieza su obsesión por el dominio del “tiempo cinematográfico”. Con una truca, realiza cortometrajes como Masaje (1972) o Frank Stein (1972) y comienza dar frutos su novedosa percepción narrativa. Apoderándose de material desechado en 35 mm, continúa la búsqueda que triunfó en el Super 8 mm. King Kong (1971), Mi ego está en babia (1975), Aquaium (1975) o A malgam a (1976) son buena muestra de ello, de su alterada percepción de la realidad casi siempre embarcada en viajes psicotrópicos al universo de las drogas. Una técnica muy vista hoy día, sobre todo en videoclips y publicidad, pero que créanme, tiene entre sus máximos artífices al genial donostiarra.

Mientras trabaja como ayudante de dirección para Jaime Chavarri o Antonio Drove, consigue una cámara 16 mm que le permite llegar a una distribución comercial. De esta manera, su siguiente trabajo Leo es pardo (1976) fue presentado en el Festival de Berlín. El éxito de este cortometraje alimenta su inquietud y motiva el desarrollo de su proyecto más ambicioso, Arrebato. Con dinero de un arquitecto leonés, se presupuesta en 3 millones de pesetas y un plan de rodaje de 15 días. No obstante, el rodaje se alarga y su presupuesto se dispara. Ante la anarquía reinante en el rodaje y la falta de dinero, empezaron a abandonar los técnicos (la ausencia del equipo de sonido obligó a doblar la película), pero gracias a una providencial subvención salió adelante. Aún así, resultó un fracaso y su productor no recuperó el dinero debido al poco interés despertado en la taquilla. Y ese fue el comienzo del fin, un film maldito para un director maldito que abandonó un “mundillo” del que nunca formó parte, la derrota de un artista que entregó su alma, tanto al cine como a las drogas.


Pero, ¿qué convierte Arrebato en una importante “película de culto” nacional? Muy sencillo, que probablemente es unade las mejores películas de terror jamás realizadas. Los miedos de todo cineasta se adueñan de su metraje y adelantan premonitoriamente el final de su propio director. La adicción a la heroína que somete a quién se niega a sacrificar la infancia en busca de lucidez, la adicción por una cámara que exige la entrega absoluta del artista, tanto física como espiritual. Todo lo que convierte unos elementos anecdóticos en la “película de nuestra vida”. Al menos Iván Zulueta pudo morir afirmando que había la película de su vida, y es eso precisamente lo que nos permite renacer de nuestras cenizas.

Aunque mantuvo su popularidad como cartelista y diseñador, regresó a la dirección años más tarde. Dirigió Párpados (1989) dentro de Delirios de amor, un proyecto común de varios cineastas para TVE y Ritesti (1992) episodio de la serie Crónicas del mal, obras que confirmaron su innegable deseo de superación. Volvió a evidenciarlo al emplear técnicas experimentales como la refilmación en 35 mm de imágenes grabadas en video o la alternancia de formatos con portagonismo del 16 mm. En el 2004, Andrés Duque realizó el documental Ivan Zulueta y mostró a través de una agradable visita a la casa del director la ascética vida de un artista cercano y comunicativo. El reportaje respondía a algunos misterios sobre la obra del cineasta y mantenía abierto un final en el que el director grababa imágenes con una Handycam en el exterior de su casa, para muchos la esperanzada alegoría del regreso, la vuelta de quién puso nombre a la pasión de todo cineasta.

martes, 7 de febrero de 2012

Crítica: Promoción Fantasma (2012)




Queda claro que la comedia no deja de adaptar fórmulas para hacerlas suyas y acoplarlas perfectamente a la intencionalidad del equipo creativo. Es algo que hacen todas las cinematografías, aprovechando la complicidad de un espectador que pasa por alto esas nimiedades. Y es que lo realmente importante es pasar un buen rato y olvidarse de los problemas. De ahí que nunca podamos analizar la validez de una comedia de manera sesuda, sin aceptar como preconcebidas ciertas tendencias o concesiones a todo aquello que funciona y despierta la risa. Siempre es conveniente aceptar el tipo de comedia que se nos presenta, sea física, intelectual, costumbrista o simplemente bufa. Todos sabemos que como todo género tiene a sus pioneros (Billy Wilder, Ernst Lubitsch...), payasos (Jerry Lewis, Laurel y Hardy...) o chorras irreverentes (Mel Brooks), pero entendemos que nadie podría medir con exactitud la aportación narrativa de cada uno. Otra cosa sería la presunción de culpabilidad de una percepción siempre subjetiva.


Habiendo aclarado esto, vayamos al grano. El cineasta Javier Ruíz Caldera ya había probado suerte en el largometraje con el subgénero de las "Spoof Movies", aquél que reúne burdas parodias de films conocidos para deleite de adolescentes sin mucho interés en despertar su masa gris y cinéfagos enfermizos. En este caso, adaptándose a nuestra idiosincrasia "Typical Spanish", se estrenaba en 2009 la película (valgan las redundancias) Spanish Movie. Mientras algunos se llevaban las manos a la cabeza, los entendidos en esta categoría se sorprendían por muchos motivos. El cuidado técnico y artístico apreciable en la exquisita fotografía de Óscar Jaura, unos buenos intérpretes y la sana intención de desmontar el mito de que sólo los americanos saben hacer ese tipo de chorradas permitieron al film salir de nuestras fronteras y a su responsable presentar en menos de dos años su nueva incursión en la comedia.


Ahora nos llega Promoción Fantasma (2012), homenaje al cine juvenil de John Hugues y la institucional comedia gamberra de los ochenta. De ahí parte el concepto en esta ocasión. La banda sonora compuesta de Javier Rodero se remite con acierto a la década (plagada de sonidos electrónicos) y entremezcla temas como Total Eclipse of the Heart de Bonnie Tyler y Enamorado de la moda juvenil de Radio Futura. Su narrativa calca las secuencias de montaje musicales y las referencias en los diálogos transportan a los nostálgicos. Igualmente, sus actores, empezando por Raúl Arévalo, demuestran sobradamente su talento. En mi opinión, nombres como el de Carlos Areces, Alexandra Jiménez, Joaquin Reyes o Silvia Abril pueden figurar ya en nuestra interminable galería de estupendos cómicos nacionales. Los gags pueden resultar más o menos acertados, pero la intención de su director de ofrecer un trabajo sólido no queda en entredicho. Al igual que en su anterior trabajo, Ruíz Caldera lleva el trabajo hecho y demuestra ser todo un profesional.


No obstante, algo muy diferente, es juzgar su autenticidad. Podemos hablar de homenajes, parodias e influencias, incluso debatir si es lícito mezclar tanta referencia en la coctelera, desde El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985) a El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) mezclando Agárrame esos fantasmas (The Frighteners, 1996) con Los cazafantasmas (Ghostbusters, 1984). No nos engañemos, el libreto firmado por Cristóbal Garrido y Adolfo Valor toma estructura, personajes y temática de un pequeño film de los noventa que firmó Ron Underwood tras cosechar el éxito con Temblores (Tremors, 1990). Éste se llamaba Corazones y Almas (Heart and Souls, 1993) y lo protagonizaba el mismísimo Robert Downey Jr. Era una tierna incursión en la temática fantasmagórica que daba sopas con honda a Ghost (1990) y nos hablaba de un personaje influenciado desde su niñez por un don algo particular, un tipo que no podía afrontar el compromiso sentimental sin la ayuda de sus arquetípicas y mortales amistades.


La pregunta que debe hacerse a estas alturas el espectador de este tipo de cine es si quiere pasar el rato en buena compañía. Presuponiendo la ordinariez y diálogos absurdos de la fantasiosa propuesta, se llevaría alguna que otra sorpresa ante una historia que deja igual hueco a temas como la amistad, la tolerancia o la superación personal, aunque sea por el bien común. Quién sepa donde se mete disfrutará, durante una hora y media que se antoja corta, de un trabajo divertido, bien ejecutado y con la presencia de grandes actores, se "echará unas risas" con una obra que como el cine que pretende emular, no pasará a los anales de la historia mientras cumpla sobradamente las expectativas de su público.

lunes, 6 de febrero de 2012

El extraño viaje (1964)



Poco sorprendente resulta saber que un film como El extraño viaje (1964) supusiera un rotundo fracaso en su momento. La España de la época, sumida en su autosuficiente "folclorismo" cinematográfico y un sentido del humor muy poco exigente, no estaba preparada para tamaña obra maestra. Llegando a posponerse su estreno durante cinco años, despertó el interés de muchos cineastas y críticos que consiguieron sacarla a la luz como muestra de "cine maldito" (o maldecido) dentro del régimen franquista. Actualmente, se incluye en esos pretenciosos listados de "Las 100 mejores…" referentes al cine cine patrio y eso cambia las cosas. A muchos "pseudo-intelectuales" les resulta gratificante presumir de entendimiento cuando afirman disfrutar títulos como el que nos ocupa. Y por supuesto funciona, porque estamos ante un trabajo inteligente, de complejo trasfondo social, que nos acerca como pocos a la absurda realidad de su época. Esta película nos acercó a un cineasta cuya percepción de la realidad entronca más con Valle Inclán que con el elaborado estilo neorrealista de algunos compañeros (Berlanga, Ferreri, Azcona y demás familia). Aunque todos ellos tengan similar temática, se les puede diferenciar por el trazo de sus historias, y de entre todos ellos, Fernando F. Gómez empleó el más grueso de todos, y por extensión el más impredecible.


Inicien pues este "extraño viaje" a una época nada lejana, cuando en pleno régimen (pretendidamente aperturista) se hablaba de la grandeza de pueblos humildes en los que se daban la mano los grandes valores del ciudadano medio español. Viajen a un lugar concreto, un pueblo en el que la vida transcurre con aparente calma y monotonía, entre el castizo humor de sus habitantes. Donde lo único que altera tan aparente armonía, es la actuación del grupo musical procedente de Madrid que ameniza los fines de semana. En este lugar habita una singular familia, dominada por la seria y rigurosa Doña Ignacia y completada por sus tímidos, casi imbéciles hermanos Paquita y Venancio. Todo muy típico, hasta que Ignacia anhela ver mundo más allá de tan insulsa realidad, pues el fruto de su reprimido pasado será su visceral anhelo de lo que menos le conviene, aquello que terminará empujándola a un oscuro final.


A primera vista resaltan los entresijos de una intriga. Es más, su título inicial era "El crimen de Mazarrón", hasta que se cambió por motivos de censura. Pero la lectura se tornará más compleja a medida que avance la historia. Se nos presentará un relato que se mueve "pendularmente" entre el drama y la comedia, el hiperrealismo y lo absurdo, e incluso desde lo sobrenatural a la verdad más simple y estúpida. Toda una muestra de los efectos de una realidad oculta, la de aquellos que dominan mediante el miedo a quienes sólo conciben la vida como una constante sumisión. Los mismos que marginaron mediante la censura y la propia distribuidora esta joya de nuestro cine, impidiendo que se estrenase y obligándonos a disfrutarla clandestinamente como complemento de un programa doble en un modesto cine de barrio. Impensable para una obra cuya fotografía (casi expresionista), interpretaciones febriles (Jesús Franco y Rafaela Aparicio estan maravillosos) y perfecto engranaje de guión terminan por elevarla de su condición de ácido acercamiento a la sociedad para convertirla en una comedia más cercana a los dictados de los "Estudios Ealing" británicos que a la comedia costumbrista española. Así, podríamos seguir hasta mañana, etiquetando lo inclasificable.