domingo, 26 de febrero de 2012

Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free, 1947)




Durante la Segunda Guerra Mundial pudo la factoría Disney salir adelante. Un contrato firmado con las fuerzas armadas de EEUU le permitía producir cortometrajes de corte propagandístico, aunque frustró sus intenciones de crear otro tipo de producciones. Prácticamente requisada su plantilla y metida de lleno en ese formato se pudieron desarrollar algunas ideas, inicialmente ideadas como largos, pero nada definitivo hasta que finalizara el conflicto bélico. Cuando esto sucedió pudieron sacar adelante algunos films denominados "películas-paquete" que recopilaban estos proyectos inconclusos. Así pudieron estrenar films como Make Mine Music (Música Maestro, 1946) y la que nos ocupa, estrenada en 1947 bajo el título Las aventuras de Mickey, Bongo y las judías mágicas (Fun and Fancy Free), también llamada en América Latina Diversión y Fantasía.


La estructura es muy sencilla, con un único personaje como nexo de unión entre dos historias de corte muy diferente. El maestro de ceremonias, personaje ya conocido, es Pepito Grillo (Jimini Cricket). Con la voz de un famoso showman de la época, Cliff Edwards, inicia un paseo al son del tema que da nombre a la película y allana una morada para alimentar las esperanzas de dos muñecos inanimados pero con semblante triste. De ahí que éste decida sacar de su envoltorio un disco de Dinah Shore (popular cantante, también en nómina), grabación del material previo destinado a la primera historia, la del pequeño osezno Bongo. En ella se nos habla de un personaje encerrado en una jaula de oro, estrella de un número circense que ansía vivir en plena naturaleza. La instintiva llamada motivará su fuga a un medio desconocido, maravilloso pero repleto de peligros y necesidades. Hasta ahí todo bien, a excepción de un interminable número musical en el que la acción se estanca por completo. Este bache supera con la aparición de LuLuBelle, de la que se enamora perdidamente el protagonista (con irónica y brillante plasmación visual en rosa), por la que decidirá enfrentarse a convencionalismos sociales y la dura competencia de un oso brabucón y violento. Un mediometraje realmente exquisito, pero afectado por una visión musical excesivamente contemplativa que estropea lo que podría haber sido una completa obra maestra, principalmete por la brillante plasmación en el  papel del oso Bongo.


La segunda parte comienza en el momento en que Pepito decide asistir a una fiesta muy particular, fundiéndose el personaje con una secuencia de imagen real. En ella, un ventrílocuo cincuentón, acompañado de dos marionetas hiperrealistas (Charlie y Mortimer, personajes de algún que otro corto de la productora) celebran el cumpleaños de una niña, la pequeña Luana Patten de La canción del Sur (1946), sin compañía de padres ni amigos ¿os imagináis mayor pesadilla? En aquella época podría despertar mucho interés el ventrilocuo Edgar Bergen (padre de Candice Bergen) y sus muñecos, pero pasados los años la secuencia se nos antoja algo sórdida, poco fluida y más acorde con la narrativa televisiva. No obstante, eso deja de preocuparnos en cuanto dan pie a la segunda historia, la impecable joya animada Mickey y la judías mágicas. En dos ocasiones se había enfrentado Mickey Mouse al gigante (en anteriores cortometrajes), pero el obsesivo perfeccionismo de Walt Disney alcanzaba su objetivo en esta ocasión. Gracias a este mediometraje los principales personajes de la factoría, Mickey Mouse, Donald y Goofy, pudieron protagonizar su primer largometraje (exceptuando la intervención de Mickey en Fantasía de 1940). La narrativa sería perfecta si no fuera por las continuas interrupciones de las dichosas marionetas, que aunque con cierta ironía, lastran el potencial de la historia. De ahí que, precisamente años más tarde se remontara este magistral trabajo en formato cortometraje con la narración animada de Ludwing Von Drake (Ludwing Von Pato), personaje presente a día de hoy en el programa televisivo La casa de Mickey Mouse y que se acompaña del grillo Herman, permitiendo a los animadores aprovechar las tomas ideadas para Pepito décadas atrás. Eso sí, sin las molestas interrupciones y compartiendo el final de la película, en el que el gigante Willy irrumpe en la casa antes de pasearse por medio Hollywood.


Esta "película-paquete", algo irregular pero justificadamente valorada, permitió a Walt Disney reciclar trabajos desechados durante la guerra y centrarse en proyectos más ambiciosos como La Cenicienta (1950), que años más tarde les permitió triunfar en la taquilla y recuperar el reconocimiento artístico y técnico necesario para emprender la década más fructífera y brillante de su historia.



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